De cómo el deseo de acabar con la violencia genera más violencia

¿Quieres entender la violencia? Entonces detente y analiza por qué has actuado de manera violenta alguna vez. Todos hemos ejercido la violencia, la cual podría definirse como ‘hacer daño a otro, intencionalmente’.
En eso meditaba yo mientras se acercó hasta mí una vaca para ser acariciada, casi al mismo tiempo que observaba yo con atención a algunas personas que oraban y derramaban leche sobre el agua y acariciaban al fuego, como parte de un ritual en el lago de la ciudad sagrada de Pushkar.
El deseo es la raíz de la violencia. Por ello, la actitud violenta busca, en el fondo, realizar un deseo insatisfecho. Piénsalo y te darás cuenta que siempre es así.
Pero vivimos en una sociedad donde se exacerba el deseo como una forma de consumo, voraz alimento para la maquinaria de autodestrucción que hace crecer la economía. Lo paradójico es que muchas personas alienadas han aceptado esta gran mentira como verdad, pues los instrumentos de dominación les han hecho creer que eso es sinónimo de bienestar y progreso.
El deseo es la raíz de la violencia y también de la dominación. Se nos incita a desear a través de la publicidad y los medios, deseamos el curvilíneo y sensual cuerpo de JLo y Shakira en el medio tiempo del SuperBowl, deseamos comer y al mismo tiempo deseamos tener un cuerpo escultural, deseamos ganar, deseamos fama y fortuna, deseamos comprar el más novedoso teléfono celular, la ropa de moda, deseamos ser profesionales exitosos, deseamos saber más, deseamos viajar por el mundo y tomarnos una ‘selfie’ porque también deseamos ser deseados por otros, deseamos el amor, deseamos acabar con el cambio climático, deseamos justicia, deseamos acabar con la violencia y así sucesivamente…
La gente, presa del pánico, no suele reparar en estas cosas y cree erróneamente, que la violencia se acabará con castigos y leyes más severas, con políticas públicas, con acciones de gobierno. Su estrecha visión del mundo les impide darse cuenta de la verdadera magnitud del problema. Bien dice un verso de Tagore: “Interpretamos mal el mundo y luego afirmamos que nos engaña”.
La incapacidad de satisfacer ese cúmulo creciente de deseos, explica la violencia que prevalece a nuestro alrededor. La violencia es el deseo no realizado (“el deseo insatisfecho engendra peste”, diría otro maravilloso verso de Blake). La violencia de índole sexual es consecuencia de un deseo sexual insatisfecho. Y es aquí lo que muchos sesgados análisis actuales no alcanzan a entender: la violencia no es cuestión de género, porque todas las personas desean y todas las personas participan de una u otra manera en este ciclo.
Al mismo tiempo que la maquinaria del consumo se impone a través de la publicidad, el marketing y la propaganda política, las instituciones sociales que se habían creado para contener este mal se han erosionado, precisamente, porque se convirtieron en instrumento de dominación, al exacerbar la idea de la salvación y la vida eterna en el corazón de las fieles masas, siempre temerosas y manipulables.
Pero existe otra vía para acabar con la espiral violencia. Esa vía es la renuncia del deseo. Algo que la sociedad Occidental condena como sinónimo de conformismo, precisamente, porque una persona conforme y satisfecha con su vida difíclmente se convertirá en un voraz consumidor.
Paradójicamente, desear que termine la violencia nos vuelve esclavos del perverso ciclo, pues al desear vehementemente acabar con ella, nos volvemos susceptibles a la manipulación y al chantaje político, nos vuelve susceptibles incluso a terminar creyendo nuestras propias mentiras, con tal de tratar de encontrar una vía para satisfacer nuestro deseo insatisfecho. Esta es la raíz más profunda de la espiral de violencia que vivimos hoy. Todo lo demás es tan solo una consecuencia de esta causa primera.
Quizá la manera más efectiva (y más difícil) de transformar la sociedad y reducir la violencia, es renunciar a todo deseo, incluso el deseo de controlar nuestra propia vida, algo para lo cual es necesario arrojarnos al caos y el azar, sumergirnos en el misterioso abismo de la existencia, dejar que las fuerzas que rigen el universo desde siempre sigan su curso. A final del día, nosotros somos también reflejo y consecuencia de esas fuerzas naturales que penetran, recorren y conectan a todas las cosas.
La vía espiritual ofrece precisamente una alternativa al ciclo del sufrimiento y la violencia, pero en una sociedad que ha renunciado a esta senda como medio para alcanzar la realización -y en cambio ha preferido enajenarse en la idolatría al dinero y el consumo- resulta muy difícil terminar con la violencia.
No es casualidad que los grandes maestros hayan llegado a la misma conclusión, por diferentes vías.
Es decisión nuestra, ser o no ser partícipes del incesante ciclo de violencia que nos aqueja. Antes de querer cambiar el mundo, quizá deberíamos poner atención a lo que ocurre en nuestro interior. ::.

.png)




Comments