Cuarentena
Todo se volvió lejano.
Y aprendimos que la vida era secarse los ojos en las sucias pantallas del teléfono, la computadora y el televisor.
Que vivir, reclusos de la mentira, del miedo, el escándalo y la ira, simplemente no es vida.
Y estuvimos atentos, siguiendo la pista de la nueva catástrofe, la tragedia de moda, la última infamia asesina que contamina por igual el cielo y el alma.
Nadie parecía reparar que la soledad en línea es peor enfermedad que cualquier virus.
La hecatombe se convirtió en “nueva normalidad”: la cárcel del cuerpo el naufragio del hombre la ruina del tiempo.
Fue así que la prisión preventiva se volvió la nueva morada de nuestra especie.
Todo se volvió distante en los días de guardar, la ansiedad sin pastillas, el calor, la peste, el hastío, todos los gritos que no se ahogaron en un sediento vaso de alcohol.
Y los demonios de las mil cabezas destilaban su ira al unísono, escupiendo veneno a la menor provocación, repitiendo maldiciones adquiridas, que ni siquiera entienden.
Todo sea para calmar el fuego que quema desde adentro, el fuego voraz que sube desde la entraña a la herida.
Fueron los días de la peste: enmohecida, brumosa y callada, detenida, no tan letal como el odio y su lenta agonía que todo lo que toca, marchita.
Fueron los días del virus viral que todo lo devora a su paso: la noche, el día, la calma, el sueño, la esperanza idiota de un mañana de puertas abiertas que nunca llega, la esperanza de un mañana insoportablemente igual a los célebres restos del ayer. ::.

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