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Cuando ya no te importe el autismo

Oct 27, 2023
3 min read

El día que el diagnóstico es oficial, la entrada a la adolescencia y vernos padres de adultos, son los tres escenarios que más marcan nuestras vidas como padres y madres de personas autistas. El primero es un descubrimiento, un hallazgo, el único momento donde derrotamos a la incertidumbre: es autismo. Ya está. El segundo momento es donde la incertidumbre cobra revancha, la adolescencia, el comienzo de la juventud, apenas si logramos comprenderlos en su infancia y ya nos vemos enfrentados a unos jóvenes para quienes el mundo resulta amenazante y abrumador. Pero el tercero es un momento que evitamos, postergamos y para el que no nos sentimos preparados jamás, ese “qué será de nuestros hijos cuando nosotros…” ya saben. Prefiero traducirlo en un “¿cómo haremos para que nuestros hijos nos necesiten cada vez menos?»

Los vemos esforzándose como si de cada cosa que tienen que superar dependiera su vida. Sus cabecitas desmenuzan todo lo que sucede a lo largo de cada una de sus jornadas. Un día dicen más palabras, otro día agarran el trapeador y sin que nadie les diga… trapean, otro día levantan la mesa, otro día abrazan y otro más te dicen “soy una persona grande”. Se construyen, o más bien, reconstruyen sus intensas vidas recogiendo los pedacitos dispersos cada vez que el mundo los ha destrozado con su falta de confianza y de fe en sus posibilidades.

Alguien alguna vez me dijo:  llegará el día en que ya no te importará el autismo, te importará tu hijo. Ya qué más da si “tienen autismo” o “son autistas”; ya qué más da si terminan el bachillerato y les dan un diploma simbólico; ya qué más da la sufrida inclusión; ya qué más dan las explicaciones, las disculpas, ya qué más da si toca piano porque escuchó Mozart o descifra ecuaciones como un Einstein; qué más da el Omega 3, la estimulación transcraneal, las megavitaminas inyectadas, el gluten, la puta caseína, el gringo timador que cura autistas, el método ABA, el SONRISE, el pleyadiano, las 40 horas semanales de terapias facturadas.

 Importa tu hijo que pasó por todo eso para que hoy te muestre que la felicidad está lejos de los moldes y que solo quiere que le ayudes a sentir que llegará ese momento en que no lo instruyan para que camine paso fino, sino que llegue el día en que lo dejen demostrar que, aunque nació luchando contra una diferencia que lo pone en desventaja, esa misma diferencia lo hace brillar en medio de tantas metas impuestas por una sociedad metida en esa camisa de fuerza llamada normalidad.

En medio de todo ese frenético ritmo con el que arrancamos desde el diagnóstico, la sabia naturaleza nos enseña a detenernos para ver seres humanos, no proyectos antiautismo, nos dejan de importar las miradas, el cálculo del coeficiente, la razón por la que salta o por la que se queda quieto, si a medida que crece será menos autista o le bajará al voltaje. Deja de importar el autismo, como me dijo hace tiempo ese padre envuelto en sabiduría y años y empiezan a importar nuestros hijos, que crecen muy rápido. Disfruta su infancia, aprecia la hermosa adolescencia (de la que nos enseñaron a tener tanto miedo) y si ya tienes un hijo adulto, encontrarás en la complicidad el camino más hermoso que puedas transitar.

 
 
 

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