top of page

Crónica de la pandemia que se alarga

Aug 2, 2020
6 min read
Custom alt text

Han pasado casi ocho meses desde que inició la pandemia de coronavirus que sacudió al mundo. El terror inicial se transformó en lenta resignación mientras las cifras de muertes crecen día con día. La Organización Mundial de la Salud registra 17 millones 660,523 casos confirmados y 680,894 muertos a nivel global, al 2 de agosto. Pese a existir más casos, las medidas restrictivas son más laxas que hace unos meses. La Organización Mundial de la Esto obedece principalmente a mitigar el golpe económico y sus repercusiones sociales. Los países que permanecieron en férreo confinamiento, tampoco han podido impedir ser afectados por la pandemia. Cada país tiene sus propias maneras de lidiar con el bicho: seguir con la paranoia o de plano ignorar la crisis y enfocarse a otros temas. Al final del día, el resultado no varía mucho. En Argentina pasaron más de 4 meses de estricto confinamiento y el virus sigue aumentando. En Alemania, se logró mitigar el impacto respecto a sus vecinos, pero ahora enfrentan multitudinarias protestas por las restricciones. La economía se derrumba a niveles históricos, mientras China, país donde se originó la crisis, se perfila como el ganador de la guerra geopolítica detrás de la pandemia. Es muy probable que la crisis le cueste a Donald Trump como presidente de EE.UU. En todos lados, el tema de la pandemia se ha politizado. Y México no es la excepción.

En una muestra de evidente mezquindad, gobernadores de oposición hacen grilla para exigir la renuncia de Hugo López-Gatell, principal encargado federal de atender la pandemia en México. Los gobernadores se expresan como si ellos no fueran autoridad estatal. Si tan deficiente ha sido el trabajo de López-Gatell, los gobernadores quejosos cuentan con facultades para tomar medidas adicionales a las que se han tomado en el plano federal. Pero como no están dispuestos a asumir responsabilidad alguna en el entuerto, es más fácil señalar culpables, antes que intentar solucionar el problema o siquiera lidiar con las molestias.

Es cierto que la realidad ha rebasado las expectativas del gobierno federal. Al inicio de la crisis, en febrero, los modelos matemáticos estimaban 60,000 muertes en México por covid-19. Estamos por alcanzar los 50,000 muertos y es casi un hecho que el país rebasará las prospectivas originales, mismas que, vale la pena recordar, se realizaron con los insumos de información que se tenían disponibles en aquel momento, que prácticamente consistían en los reportes del brote en la ciudad de Wuhan y algunas otras ciudades. La complejidad del fenómeno a la hora de interpretar los datos, ha provocado que las cifras pierdan sentido. Desde entonces, la información ha presentado variaciones importantes que no suelen ser tomadas en cuenta por quienes intentan sacar raja política de este asunto. Hace unos meses, la oposición al gobierno de Andrés Manuel López Obrador insistían en la necesidad de hacer pruebas masivas. López-Gatell insistió en lo inútil que resultaba aquella medida, sobre todo, tomando en cuenta el alto costo y la complejidad técnica de realizar cada prueba. El tiempo ha ido demostrando que realizar pruebas masivas no resuelve los problemas. El Estado tiene limitaciones. Los gobiernos no tienen el poder de contener a fuerzas más grandes, aún cuando la retórica barata de muchos políticos afirme que sí, que los gobernantes son todopoderosos y así hay que exigirles, como si fueran dioses, y no simples mortales, a merced de las fuerzas naturales. En todo este ambiente de confusión, la oposición ha dejado de utilizar ese asunto de las pruebas masivas para centrarse en el nuevo tema de moda: la utilidad del cubrebocas. Los estudios científicos a la carta, lo mismo hablan de la efectividad probada en el uso de cubrebocas, al mismo tiempo que otros estudios científicos dicen todo lo contrario, que no hay evidencia sobre este asunto.

La gente se aferra al tema del cubrebocas, ante la falta de asideros. Yo estoy consciente que el uso de mascarillas puede ayudar a prevenir contagios en ciertos casos concretos, pero uso tapabocas más por civismo que por cuestiones médicas. El alcance del famoso cubrebocas a estas alturas, me parece un tema poco relevante y trascendente, aunque la gente y los medios han desarrollado una obsesión particular por este asunto. Más allá de sus poderes clínicos, el cubrebocas parece tener mayores poderes en el terreno de lo simbólico. No en balde, se utiliza como una especie de amuleto contra el bicho invisible, de manera muy similar a la que médicos del medievo utilizaban máscaras de pájaro y otros remedios inútiles para contener la peste negra que arrasó con un tercio de la población de Europa. Paradójico que en tiempos de la ciencia moderna, las formas de lidiar con la enfermedad sean tan similares a las utilizadas en el medievo. Sólo que en vez de recurrir al fundamento mágico, ahora nos referimos a la ciencia, como otra forma de lidiar con nuestra ignorancia humana. Ahora, vivimos el inicio de la carrera farmacéutica por crear el santo grial que habrá de poner fin a la pandemia. Diversos países se disputan el mercado global de la vacuna y los medicamentos para contener al coronavirus. Ya existen diversas versiones de la vacuna en Gran Bretaña, Rusia, China, EE.UU., Alemania y algunos otros países. Una situación que evidencia lo que muy posiblemente se convertirá en el mayor negocio farmacéutico de la historia. Unos ganarán y otros perderán tras la crisis. Los ricos harán berrinche por las pérdidas y los pobres pondrán la mayor parte de muertos. La nueva normalidad es tan parecida a la vieja normalidad en más aspectos de lo que solemos pensar, a pesar de el evidente en algunos patrones sociales.

El virus ha transformado la vida cotidiana del mundo, a pesar de que, en el fondo, las estructuras sociales y de poder siguen operando bajo las mismas pautas. Las reglas del juego han cambiado pero los jugadores siguen siendo los mismos. Quizá lo único que valga la pena de todo esto, son las repercusiones simbólicas que la pandemia de covid-19 ha instalado en el imaginario colectivo de la población global. Suele ocurrir que ante fenómenos históricos de esta magnitud, la historia humana se ve obligada a dar un giro, cambiar la narrativa, ante la imposibilidad de explicarse el mundo bajo las mismas coordenadas. El covid-19 ha sido el ataúd de estructuras decadentes que venían arrastrando una severa crisis desde hace varias décadas. El confinamiento masivo demostró que las profesiones indispensables para el sostenimiento de la sociedad son las peor remuneradas. Demostró también, que es relativamente sencillo darle un respiro a las otras formas de vida que habitan el planeta, reduciendo los patrones de consumo y la aceleración frenética en los ritmos de vida que imperan en las grandes ciudades hiperconectadas del mundo, fenómeno que a su vez, ha derivado en una pandemia de ansiedad sin precedentes, ante la angustia del futuro que se avecina, y donde el presente cambia a la velocidad de un tuit.

La pandemia también ha demostrado que el ser humano seguirá siendo humano, con todo lo que implica. Algunos, por supuesto, no estarán dispuestos a cambiar sus patrones de vida, pues ni siquiera parecen advertir una relación entre dichos patrones y la crisis que vivimos hoy, en la cual, el virus fue solamente el detonante que puso en evidencia la fragilidad de las estructuras sociales, aquellas que nos hicieron creer eran seguras e infalibles. Algunos de los más sagaces ya se habrán dado cuenta que el destino del ser humano siempre ha sido y siempre será incierto. Los más necios, fanatizados por las toneladas de información chatarra que consumen en los medios masivos de comunicación, seguirán evadiéndose y construyendo explicaciones bobas para lidiar con el terror que les provoca sentirse vulnerables en un mundo acechado por la constante amenaza. Otros en cambio, hemos visto el apocalipsis como una nueva oportunidad. El bosque es devorado por las llamas cada cierto tiempo para permitir que brote de nuevo la maleza. ¿Por qué habría de ser diferente en el contexto humano? Muchas personas han muerto a raíz del covid-19 y es muy triste. Pero la verdad última, es que nadie nos prometió que la vida duraría para siempre o que sería fácil. Sólo quien ha logrado ir más allá de la ilusión, sabe que la única certeza del ser humano es la muerte. Por ello siempre he creído que reconciliarse con la muerte es la mejor forma de reafirmar la vida. Quien es consciente de su fatal destino, aprovecha mejor el tiempo. La vida es prestada y hay también que devolverla. Si en lugar de inyectarse miedo todos los días con información superficial que abunda en el internet, desarrolláramos mejor nuestra intuición a partir de las grandes verdades cósmicas, el mundo sería otro. La pandemia ha demostrado esto. El fin del mundo implica siempre un nuevo comienzo. Dependerá de nosotros qué bando elegimos en este mundo en doloroso proceso de parto, el nacimiento de una nueva era que hoy nos toca recibir con alegría, en medio de la tristeza y el caos. ::.

 
 
 

Comments


bottom of page