CORTISOL Y EL POR QUÉ DEL ESTRÉS EN ADOLESCENTES AUTISTAS

Los niños, adolescentes y adultos autistas ya sabemos que tienen dificultades para adaptarse al cambio, interpretar las emociones, autorregularse y tener ciclos de sueño convencionales. La ciencia ha empezado a investigar en un sector del cerebro llamado el eje HHS (Eje hipotalámico-hipofisario-adrenal), un sistema compuesto por tres estructuras del tamaño de guisantes que controlan, entre otras cosas, al famoso cortisol, la hormona del estrés.
El cortisol en niveles óptimos cumple funciones vitales como regular el metabolismo, la homeostasis (una cosa de lo más maravillosa que conocemos muy poco), también el nivel de glucosa en la sangre y regular el sistema inmunitario. Cuando se altera el efecto más común es un estado de ansiedad prolongado, una pobre respuesta al estrés, dificultad para interpretar emociones, afecta la memoria a largo plazo y las funciones ejecutivas.
Un estudio, que dejaré en los comentarios para que se desaburran, midió el cortisol en niños autistas, mismo número de sujetos, primero en estado de reposo y luego sometidos a situaciones nuevas, los resultados mostraron elevados niveles de cortisol y, lo más preocupante, esos niveles permanecían elevados a lo largo del día, es decir, el estrés no bajaba, sino que se mantenía como si la situación estresora continuara.
El problema con ese cortisol alto a largo plazo, cosa que en los neurotípicos se regula eficientemente, es que afecta las conexiones cerebrales, la respuesta a estímulos emocionales y el aprendizaje. Y para este caso no importa si es autismo funcional o autismo severo, a todos les marca las mismas cifras de la hormona estresora. Quizá la toma de muestras complica el tema, a nadie le gustan las agujas. Pero también se tomaron muestras en saliva y en la orina. Un cortisol alto todo el tiempo cambia la morfología del cerebro.
Otro hallazgo es acerca de algo llamado “respuesta de cortisol al despertar”. Cuando nos levantamos en la mañana, en la primer hora, todos los mamíferos recibimos un “shut” fuerte de cortisol que en el transcurso del día va descendiendo. En las personas autistas ese “shut” se sigue dando a lo largo del día, uno tras otro, eso produce algo así como una anticipación catastrófica tooodo el día. Un estado de alerta constante que dificulta enfrentar la jornada diaria. Ese subidón de cortisol que a los normales ayuda a organizarse, para las personas autistas significa bloqueo y colapso.
Quizá el asunto del cortisol es la explicación a lo que muchos padres y muchas madres hemos notado: llevamos a nuestros hijos al parque para que “quemen energía” y cuando llegan a casa y es hora de descansar, están más enérgicos que nunca, esto se debe a que el ejercicio intenso es tomado por el HHS, el regulador de cortisol como un estado de amenaza y sube los niveles y si ese regulador está “dañado”, como es en el caso de los autistas, el ejercicio no los agotará, los mantendrá más activos. Como preparados para escapar de una amenaza.
El desbalance suele aparecer intensamente en la adolescencia autista, por eso es que se nos hace una etapa complicada. La demanda social, la interacción con pares y las exigencias cercanas a la vida adulta tienen mucho que ver en el incremento de cortisol, esto complicado por una alteración en el funcionamiento de la estructura de guisantes (HHS). Se estudia la hipótesis del estrés en las madres durante la gestación. Mientras se sabe la causa cierta de la inestabilidad del regulador de cortisol, no queda más que implementar estrategias para enfrentar los subidones de cortisol.
Los suplementos de magnesio y acidos grasos Omega 3 y omega 6, se cree que bajan los niveles de cortisol. Esto siempre supervisado por especialistas, no es para que salgamos corriendo a comprarlos a los vende-humo del internet con sus protocolos nutricionales.
Terapia musical y masajes terapéuticos.
Vitamina C. Durante la pandemia fue algo que funcionó con muchas personas autistas porque bajaba el cortisol y mejoraba la respuesta de sueño.
Ejercicio moderado en contacto con la naturaleza.
Dormir bien y enseñar técnicas de relajación.
Estudios:
Darién: no devores mi esperanza (I)
El río Atrato es nuestro guardia pacífico, no es metáfora. Soy maestro de escuela, digo soy como si todavía lo fuera, como si la violencia no acabara con la cátedra y la vocación, en mis clases les enseñé a los pelaos a entender el ánima de los elementos: los grillos que le cantan al río, las garzas y sus discusiones con las cigüeñas, el pescado que tiene el espíritu del agua ,los monos titi que guardan el alma de los niños no nacidos, el destino en que se convierte dejarse raptar por las entrañas del manglar.
Pero ahora los pelaos están impregnados de realidad y les cuesta imaginar o inventarse mundos sin fusiles, tierras que dan chontaduro y no coca, o desfiles de gallinas y no de hombres escondidos tras pañuelos rojos con tres letras nefastas. A veces pienso que estos negritos míos, mis alumnos, nacieron heredando el dolor del mundo o, como decía una comadrona partera, los niños de ahora nacen sin berrear, como sabiendo que es mejor que nadie sepa de su existencia.
La canoa donde vengo está llena de gente buena. Hay dos maestras más, una de ellas preñada y la otra es una cachaca de ciudad que se vino a aventurar y se dejó embrujar por el encanto del Chocó, se casó con un gringo, también aventurero y viene allá en la punta de la canoa tratando de pescar hace como dos horas. Yo soy gente buena. Los cuatro salimos amenazados de Loma Aislada, una vereda próspera, donde todo lo que se siembra da cosecha y donde pareciera que diosito mandara bendición sobre las mujeres porque nacen niños como peces.
A esos niños cuando cumplen diez años los reclama la guerra, llegan ellos, la gente mala, como el río cuando se enfuerece y entra a las casas, inunda todo, arrastra lo que encuentra y deja solo lodo y destrucción. Pero el río respeta a los niños y no se los lleva, ellos sí. Y no se vuelven a ver.
Con Lizeth, la cachaca y Rosa Ortiz, así le dicen, siempre con apellido, hicimos algo así como la liga de la justicia. Sabíamos cuándo estaba cerca el Frente y ya teníamos “marcados” a los pelaos en riesgo. Los escondíamos en nuestras casas toda la semana que duraban los Elenos en la vereda, pero hace tres meses se quedaron más de la semana, se quedaron más del mes, seguro por el cerco del ejército en toda la ribera del río. Entrenaron, parcharon, pero, sobre todo, atormentaron a una población cansada y triste, buscaron a los niños, porque ellos también tenían marcados a los pelaos. Fueron casa por casa y un día llegaron a la mía.
Era la una de la mañana, azotaron la puerta, pero no lograron abrirla, menos mal no estaba dormido, estaba con Rosa Ortiz. Subimos al cobertizo para alertar a Juancho Y a Jackson, Jefferson ya estaba listo con un garrote y sus doce años hechos coraje, le dije que se parara en la subida de la escalera y si asomaba un man de esos le sembrara su garrotazo. Otra cosa que les enseñé fue a actuar cuando no hubiera de otra.
Aquí las casas tienen salidas por tres lados como las vertientes del Atrato. Y esta vez ninguna era salida al final. Escuchamos desde el cobertizo cómo los Elenos revolcaban todo: voltearon la biblioteca, rompieron el acuario, pobres pececitos, sacaron víveres y se fueron. Borrachos son menos peligrosos. Luego, todo era silencio, solo la respiración de Jefferson que nunca bajó el garrote. Creímos que los habíamos salvado, en la mesa un panfleto y un pececito buscando vida. «Mañana a las diez venimos por los tres pelaos. No sabíamos si los dos que escondía Rosa Ortiz ya estaban en su poder y los de Lizeth y el gringo, cuatro, dos niñas y dos niños, también.
Esa mañana salimos a la hora del primer sol, el que despierta a los gallos y da esperanza, su luz blanquita es el comienzo, la oportunidad nueva. Duerme a los malos y da fuerza a los buenos. Fuimos primero a la casa de Rosa Ortiz, y ella sin decir nada entró a buscar a sus protegidos, les había dicho como esconderse y les instruyó en el arte de aguantar la respiración debajo del agua, atravesó el patio de fango y en el baúl de la cocina, entre la harina de maíz y los frutapanes estaban los dos a salvo.
El carramán se nos congeló cuando escuchamos que alguien entraba. Pero nos volvió el alma al cuerpo cuando vimos al gringo, luego a Lizeth y detrás denise, briyit, Toñito y Felipe, que nunca se dejó decir «pipe» . Nadie se saludó, nadie intercambió una mínima conversación, era como si supiéramos cuál era el siguiente destino. Con pocas provisiones, algo de dinero y ropitas, salimos para el embarcadero. El movimiento de la gente recogiendo y mandando sus encargos nos camufló hasta llegar a la lancha de don Antonio, abuelo de Toñito. Él ya sabía. Desocupó la lancha de todo lo que traía, incluidos pasajeros y unos periodistas deshidratados, seguro de la capital. Si supieran, si vieran, si hubieran visto a nueve negritos huir de la desgracia de ser reclutados. Esa gente no ve nada.
Y aquí estamos. Todos a salvo llevados por la voluntad del río, ese que ha sido testigo de tanta sangre y tanto dolor, que nos va arrancando del alma la tierra para encontrarnos frente a horas de incierto trayecto. Los niños no duermen, se quedan acostados en la lancha jugando a adivinar la forma de las nubes, por lo menos mientras salimos de la zona de influencia. Pasan a cada rato otras lanchas intimidantes y lo mejor que podría sucedernos es que llegue el tercer sol, el que pone anaranjado el cielo y esconde lo que no se quiere dejar ver.
En cinco horas llegaremos a Necoclí y agarraremos fuerza para seguir por el sendero de aguas mansas hacia Calidonia en Panamá, pero entre esos dos destinos sortearemos el monstruo que come gente: El famoso, no por nada bueno, Tapón del Darién. Mientras, avistamos indígenas semidesnudos que nunca levantan los ojos del suelo, escuchamos cada cierto tiempo tambores y chirimías y otros sonidos del Atrato. Comemos poco, el gringo no ha pescado nada, pero tampoco lo desmoralizamos, otro día le decimos que el motor asusta a los peces. Los grillos truenan sus patas como nunca y arrullan a los niños, mañana celebraremos el cumpleaños de Jefferson, pelao fuerte que duerme con el garrote que desde Loma Aislada no suelta, pa mí que está como bloquiao, eso que llaman, en shock.
Ya seguro echaron a extrañarme las otras maestras de la escuela de la Loma, deben estar preguntándose qué se hizo el profe Ronald. Por lo menos a mi me extrañan, a estos niños nadie los extrañará, huérfanos de la guerra, olvidados del gobierno. No. Si hay quién los extrañe, los del panfleto. Y por eso, antes que dejar a estos niños convertirse en carne de cañón, nos entregamos a la buena de Dios y a la misericordia de la manigua. Los grillos se callan y una tortuga Jicotea nos trae la buena fortuna.

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