Corrupción cero
Por William Kushner
No por novedosa la lectura histórica que alienta el gobierno indigenista de Bolivia se salva de ser igual de sesgada y acomplejada que su versión original, la que bien pudo haber salvado el resentimiento aludiendo el protagonismo indígena predecesor. Y es que al calor de los bicentenarios, lo que toca a los populistas es reivindicar la vena nacionalista con la conocida y rentable fórmula victimista. Era previsible que una mezcla así de explosiva diera como resultado un festejo con tinte étnico, excluyente y orientado a sustituir (no complementar) las “versiones originales” por las “versiones originarias”. Todo demuestra que los 200 y 500 años seguirán aguantándolo todo. No olvidemos que la polarización es la mayor fortuna política del Gobierno. Y por ello, lo de identificar a enemigos internos y externos —en el discurso— no es casualidad sino estrategia de manual, que nos recuerda al controvertido Carl Schmitt y su reduccionista construcción de lo democrático; donde lo plural y la libertad, por ejemplo, no tienen valor ni sentido de existencia.
Una singular muestra de fuerza del recuerdo histórico se tuvo la semana pasada, en ocasión del foro organizado para discutir sobre transparencia y lucha contra la corrupción, cuando el presidente Morales señalaba “que esta práctica (la corrupción) se originó a consecuencia de la burocracia estatal, acompañada de la herencia que dejó la colonia” dando a entender o, quizá, intentando justificar la causa-motivo de la corrupción en su gobierno. Es probable que muchos de los historiadores, antropólogos y sociólogos promotores del enfrentamiento histórico que hoy se vive, se hayan dado por satisfechos con tales declaraciones. Se sabe que pegan muy bien en la coyuntura bicentenaria; pero, sin duda, para los expertos en administración pública esas palabras previsibles se las lleva el viento. Porque el clientelismo político en la administración pública ahora es masista, la disponibilidad del dinero público como propio se corresponde a la necesidad de legitimación que impone el caudillo y, la eliminación de los controles de gasto a título de eficiencia y flexibilidad deja muchas otras instituciones que desear. No basta con un ministerio y sus satélites ministeriales (Unidades de Transparencia según DS 29894).
La burocracia es una forma de organización y administración más racional que las alternativas de gestión y, por lo tanto, más clarificadora y responsable. Siempre y cuando —eso sí— permitan controles, se perfeccionen instituciones y se mejoren los modos democráticos de perseguir a los transgresores. Sin duda alguna, una deuda de los “gobiernos tradicionales”… Por ello, la utilización peyorativa del término burocracia (menor en países desarrollados), se debe a la incapacidad que tienen los gobiernos de organizarse para que su administración sea efectiva y responda a los imperativos éticos de una gestión responsable (e.g. legalidad, profesionalismo, oportunidad, economicidad y transparencia, entre otros). Actualmente, sin embargo, surgen contradicciones al respecto, por ejemplo: entre el deseo de luchar contra la corrupción y cooptar todos los poderes del Estado, entre transparentar la gestión y el DS 29506 que autoriza contrataciones directas (léase, caso Santos Contratos), y entre callar a los medios y denunciar a los corruptos. Lo previsible para un gobierno sin vocación democrática anticorrupción sería suprimir el control burocrático y camuflarlo en la ética populista de gasto, callar a los medios de comunicación, cooptar los poderes incluido el control social y trasladar culpas a tiempos remotos. Y así, la corrupción habrá desaparecido.
Ojalá no sea así y esté equivocado.

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