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Conocer un lugar

May 17, 2018
1 min read

Para conocer un lugar hay que caminarlo, recorrerlo a tierra lenta, hay que perderse y reencontrarse en una madeja de puertas abiertas, hay que vagar sin destino fijo y dejarse embaucar por la maravillosa sorpresa de lo cotidiano.

Conocer un lugar es adentrarse en el imaginario de otros, masticar su lengua como si fuera chicle, es recorrer también su misteriosa simbología, saludar a los espíritus que pueblan el aire, es adentrarse en el calor de casas petrificadas por el tiempo y calles baldías hechas de tierra.

Conocer un lugar es saborear sus secretos manjares, es oler el perfume de sus ríos, reconocer la belleza inaudita de sus árboles y sus mujeres, es dejarse seducir por la tuba y la tambora, mojar el alma y los sentidos en el canto coral de las aves vespertinas en algún atardecer frutal.

Conocer un lugar es sonreírle a la alegría de la gente, es despertar del casi imperceptible letargo de la rutina, es hablar y brindar con desconocidos en las horas de baile, navegar con un suspiro la apacible quietud de la rumorosa ribiera.

Conocer un lugar es descubrir y descubrirse al mismo tiempo, es mirar el mismo mundo de siempre con otros ojos, la posibilidad de sentir el aire fresco resoplando los viejos recuerdos que se mecen como las velas de un barco, que viene y va de puerto en puerto, de cama en cama, un barco errabundo y feliz que se deja arrastrar por el sueño cuando cruza el horizonte.

Conocer un lugar es exprimir el corazón sobre la hierba como si fuera una naranja, dejar nuestras huellas entre calles solitarias y risueñas habitadas por fantasmas. ::.

 
 
 

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