Conclusiones de nuestro viaje a Navarra
Hacía tiempo que teníamos pendiente de visitar Navarra y el Coronavirus nos la trajo a la memoria al tener que cancelar los planes de 2020. Situada en el norte de la Península Ibérica, la Comunidad Foral enamora por todos sus flancos: pueblos medievales llenos de encanto, otros que son apenas una calle y que recuerdan la importancia de la comarca en el Camino de Santiago, otros llenos de mitología e historia, la magnífica capital que es mucho más que los sanfermines, los verdes y frondosos bosques, paisajes semidesérticos… En algo menos de una semana nos quedó mucho por ver, pero todo rincón que visitamos nos encantó.
Nuestra primera parada fue Olite, una localidad a 42 kilómetros al sur de la capital que queda dominada por la silueta del Castillo-Palacio, probablemente el edificio civil más emblemático de Navarra y que es Monumento Nacional desde 1925.
En las estrechas calles de Olite destacan nobles caserones de piedra, magníficas iglesias y galerías medievales. Todo ello a la sombra del Palacio y dentro del recinto amurallado romano, un marco incomparable.
Una vez ya situados en nuestro alojamiento descubrimos Pamplona, una ciudad que antes de ser unificada en 1423 por Carlos III el Noble estaba dividida en tres burgos: Navarrería, San Cernin y San Nicolás.
La Casa Consistorial que se erigió entonces en un punto intermedio es hoy el centro neurálgico de la ciudad, la famosa plaza donde tiene lugar el chupinazo de los Sanfermines y que (cuando no hay COVID) se llena hasta la bandera de gente vestida de blanco y rojo festejando esta fiesta conocida internacionalmente.
El casco histórico de Pamplona es de dimensiones reducidas. Queda delimitado por las murallas y es paseable, por lo que invita a perderse entre sus atractivas calles. Por supuesto, las más conocidas son las que forman parte del recorrido de los encierros: Santo Domingo, Mercaderes y Estafeta.
En una vista a Pamplona tampoco pueden faltar la Plaza del Castillo (típica plaza con soportales), la Plaza de San Francisco, el Paseo Sarasate, el Paseo de Ronda, el Mercado de Santo Domingo, la Catedral de Santa María (con su gran fachada neoclásica y su claustro gótico francés) y sus alrededores, iglesias como la de San Nicolás o San Lorenzo (donde se encuentra la capilla de San Fermín), la Ciudadela (una fortificación construida entre los siglos XVI y XVII, que hoy en día se ha reconvertido en un agradable parque 280.000 metros cuadrados, la zona verde más grande de la ciudad y escenario de múltiples actividades culturales y de ocio) o el baluarte del Redín (desde donde se obtienen unas magníficas vistas).
El primer día que amanecimos en Navarra lo empleamos en el norte. Cruzamos la frontera con Francia y nos acercamos a Saint-Jean-Pied-de-Port, un pueblo que parece anclado en el tiempo. Rodeado por murallas, cuenta con una cultura y tradiciones bien arraigadas y mucho encanto.
También visitamos varios ejemplos de pueblos-calle, localidades surgidas por ser el paso de peregrinos. Poco a poco fueron estableciéndose hospitales, albergues y restaurantes y con el tiempo ganaron el título de pueblo. Casi en el límite con Francia se halla Luzaide/Valcarlos y, una vez pasado Orreaga/Roncesvalles (importante centro religioso y de peregrinación donde se unen dos caminos, el de Napoleón, y el de Valcarlos), se encuentran Auritz/Burguete y Aurizberri/Espinal.
Nuestro segundo día en tierras navarras fue el día de las cuevas, de brujería, un fenómeno que fue de gran trascendencia social durante los siglos XVI y XVII. Y qué mejor sitio que Zugarramurdi, un lugar rodeado de naturaleza en el que algunos vecinos, con miedo a lo desconocido y sugestión por parte de la iglesia católica denunciaron a aquellos que les parecían sospechosos de brujería o adoradores del demonio. También Orreaga/Roncesvalles, Auritz/Burguete y Aurizberri/Espinal fueron enclaves de gran actividad brujeril y por tanto de persecuciones y ejecuciones. Visitamos el pequeño museo dedicado a este triste episodio, así como las cuevas.
Al otro lado de la frontera descubrimos dos pueblos con nombre de mujer: Sara y Ainhoa. Dos localidades que han conservado las tradiciones y el encanto de siglos pasados con sus caserones adornados por maderas de colores.
De nuevo en España nos adentramos en el Valle de Baztán, donde todos los pueblos tienen su atractivo. Destacan sus casas construidas generalmente a dos aguas y un gran alero para proteger del aire y la lluvia las balconadas de madera que recorren la fachada. Abundan torres medievales, así como palacios renacentistas y barrocos levantados por indianos, aquellos que emigraron a América y regresaron con cierta riqueza.
Hicimos una parada en Urdazubi/Urdax, una villa rodeada por montañas y bosques en la que destaca el antiguo monasterio de San Salvador del siglo IX, un antiguo molino del siglo XVIII y unas casas señoriales típicas de la zona.
A continuación fuimos a Amaiur/Maya, un pintoresco pueblo-calle de apenas 300 habitantes que en 1521-1522 se convirtió en el último reducto de los defensores de la independencia del Reino. En lo alto del monte Gaztelu pudimos visitar las ruinas de la última fortaleza del Reino de Navarra.
Su pequeño núcleo urbano es una pequeña joya arquitectónica en sí mismo gracias a una colección de peculiares edificios de anchos aleros y fachadas ricamente adornadas con la madera.
Finalizamos el día en Elizondo, pequeña localidad que se extiende a ambos lados del río Baztán y en la que no podían faltar las casas señoriales y palaciegas.
Arrancamos el tercer día en Viana, una ciudad refundada en 1219 por Sancho VII el Fuerte y que recibió el título de ciudad en 1630. Ostenta además el de Muy Noble y Leal Ciudad de Viana Cabeza de Principado del antiguo Reino de Navarra.
Elevada sobre un cerro, aún conserva parte del conjunto amurallado del siglo XIII y numerosas casas solariegas, palacios e iglesias que recuerdan el esplendor que vivió entre los siglo XVI y XVIII.
La vecina Estella/Lizarra, la segunda visita del día, tampoco se queda atrás en lo que a monumentos y lugares de relevancia se refiere. Es una ciudad con gran patrimonio monumental y artístico, además de parada clave en el Camino de Santiago.
Vivió su máximo esplendor en los siglos XII y XIII, época en la que se construyó el Palacio de los Reyes de Navarra, uno de los pocos legados de románico civil que quedan en España de este período. De los siglos XVI al XVIII podemos encontrar callejeando (sobre todo por la Calle Mayor) magníficas casonas y palacetes como el Palacio de los Eguía, la Casa de Fray Diego, la Casa de los Ruiz de Alda, el Palacio del Gobernador o el Palacio de Luquin. Entre los edificios religiosos destacan la iglesia de San Pedro de la Rúa, la de San Miguel, la del Santo Sepulcro, la de San Juan Bautista, la de Santa María Jus del Castillo y la basílica de Nuestra Señora del Puy.
También medieval es Puente la Reina. Fundada en el siglo XII por Alfonso I el Batallador nació como tantos otros pueblos-calle, ya que es lugar en que confluyen las dos principales rutas del Camino. En sus estrechas calles encontramos casas palaciegas con portadas medievales y renacentistas así como fachadas barrocas, los torreones que marcaban el lugar de acceso a la villa cuando estaba amurallada o las iglesias del Crucifijo y la de Santiago y San Pedro.
Sin embargo, su mayor emblema es el puente románico sobre el río Arga, no en vano da nombre a la localidad.
En nuestro quinto día en Navarra dejamos un poco de lado las ciudades y nos adentramos en la Selva de Irati, uno de los hayedos más extensos de Europa (solo superado por la Selva Negra de Alemania).
Situada en la cabecera del río Irati, entre los valles de Aezkoa y Salazar y los valles de Zuberoa y de Cize en la Baja Navarra (Francia), la Selva de Irati cuenta con más de 17.000 hectáreas repletas de hayedos, abetos, pastizales y frescas aguas. Ofrece una red de senderos practicables y señalizados de entre 1 y 20 kilómetros de longitud y de diferentes niveles de dificultad, por lo que hay para todos los gustos, edades y formas físicas. Nosotros elegimos la ruta de los Paraísos-Erlan, una ruta circular de unos 4,6 kilómetros y un desnivel de 110 metros que transita junto al pantano de Irabia. Es sencilla, está bien señalizada y encontramos en el recorrido más animales que personas.
Tras la ruta nos acercamos a Ezcároz/Ezkaroze, capital de la Junta del Valle de Salazar. Este pequeño pueblo atravesado por el río Salazar es uno de los imprescindibles de la zona. Tiene un casco histórico de calles empedradas en las que predominan casas de tradicional arquitectura pirenaica distribuidas en dos o tres alturas, levantadas en piedra y madera y con tejados de gran pendiente y teja plana. Entre todas las edificaciones destaca la Parroquia de San Román, una pequeña iglesia de construcción gótica del siglo XVI.
Y acabamos el día en Ochagavía, un coqueto pueblo situado 764 metros de altitud en el Valle de Salazar que no tiene nada que envidiar al anterior. Aunque es Ezcároz/Ezkaroze la capital del valle en la actualidad, Ochagavía siempre ha sido el núcleo con más habitantes de la zona y la población más famosa de las 15 que lo integran.
Destaca por su ubicación en la confluencia de los ríos Zatoia y Anduña y rodeada por altas cumbres que superan los 2.000 metros de altura y extensos bosques de hayas y pinos. Quedó arrasada por los franceses a finales del siglo XVIII y tuvo que ser reconstruida en el siglo XIX, por lo que las casas más antiguas datan de aquella época. Conserva aún el encanto de las casas de piedra y tejados a dos o cuatro aguas, entre las que se encuentran varias palaciegas de los siglos XVIII y XIX.
En nuestro último día completo nos centramos en el noreste, acercándonos casi hasta Aragón. La primera parada fue en la Sierra de Leyre, una cadena montañosa que actúa como barrera climática y geográfica entre los valles pirenaicos al Norte y el ambiente más mediterráneo al Sur. Allí se erige el Monasterio de Leyre, uno de los más importantes y antiguos del país.
Aunque no pudimos visitarlo por dentro, igualmente la parada mereció la pena por la vista exterior del conjunto así como por la panorámica de los alrededores.
A un paso teníamos Javier, una población muy ligada a la historia de Navarra, ya que es allí donde nació San Francisco Javier, patrón de la Comunidad Foral. Allí, en un llano, alejado del pueblo, se erige el castillo del mismo nombre, una construcción que en el siglo X constaba de una solitaria torre y que en los siglos posteriores fue añadiendo más torres defensivas, baluartes y anexos. Quedó abandonado con la anexión de Navarra a Castilla y no fue restaurado hasta 1952. En la actualidad impresiona el conjunto junto con la iglesia que tiene adosada a uno de sus muros.
Para concluir la mañana paramos en Sangüesa-Zangoza, una ciudad que destaca por su patrimonio monumental de origen medieval. Fue en aquella época cuando vivió su mayor esplendor gracias, sobre todo, a que era etapa importante para los peregrinos que seguían el Camino Aragonés.
Así, de este período de gran relevancia socioeconómica datan numerosos edificios religiosos y civiles entre los que destaca la Iglesia de Santa María la Real, declarada monumento nacional, así como el Palacio de París Íñiguez Abarca, el de los Sebastianes, el del Príncipe de Viana, el de Añués o el de Vallesantoro, iglesias como la de San Salvador y la de Santiago y conventos como el de San Francisco de Asís.
Y concluimos el día haciendo una breve ruta por la Foz de Lumbier, un tesoro escondido al sur de la población de Lumbier. Se trata de un desfiladero de imponentes paredes calizas formado a lo largo de millones de años por la acción del río Irati. Con algo más de un kilómetro de longitud y unas paredes casi verticales que oscilan entre los 150 y 400 metros de altura el cañón fue declarado Reserva Natural en 1987 gracias a su gran riqueza geológica.
Allí realizamos una breve ruta de 3 kilómetros (ida y vuelta) sencilla y accesible que sigue el trazado de la antigua línea de ferrocarril conocida como “El Irati”, que unía Pamplona con Sangüesa. Si se cuenta con más tiempo y ganas, también se puede hacer una más larga de 5,5 kilómetros que sube hasta el cordal montañoso que separa las cuencas de Lumbier y Liédena y desde el que se puede observar la sierra de Leire.
Finalmente, el día que regresábamos a Madrid hicimos una breve parada en Ujué, un peculiar pueblo asentado a los pies de una Iglesia-Fortaleza.
Situado en la cima de una montaña de la zona media oriental de Navarra, su origen se remonta al siglo IX y en sus estrechas y empinadas calles empedradas parece que se ha detenido el tiempo. Sin duda, un perfecto broche de cierre para un viaje que nos descubrió bellos rincones no muy lejos de casa.
Acabamos en Navarra un poco por descarte, porque se nos cancelaron todos los planes y tuvimos que improvisar buscando un destino cercano y no visitado; sin embargo, nos sorprendió gratamente. Y es que la comunidad foral es una tierra muy diversa rica tanto en historia, leyendas y tradiciones ancestrales como en naturaleza. Hay planes para todos los gustos.

.png)




Comments