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Coca amarga

Aug 20, 2009
3 min read
Por Manfredo Kempff Suárez

Por Manfredo Kempff Suárez

Evo Morales ha sido, seguramente, uno de los mandatarios que accedió al Gobierno con mayor popularidad, producto de un triunfo electoral indiscutible cuyos resultados no se habían visto durante el último período democrático. Para muchísimos bolivianos era una esperanza de verdadero “cambio”, aun cuando, conociéndolo, algunos jamás creímos que hiciera nada bueno, debido a su arribo al Palacio Quemado encabezando bloqueos, marchas, emboscadas y, sobre todo, alentado la producción de coca. Presidente de las seis federaciones de cocaleros en el Chapare, nos temíamos que el gobierno de Morales iba a terminar enredado en ese circuito coca-cocaína que luego es tan difícil desenmarañar. ¿Cómo es posible que el Presidente de la República presida, además, todas las federaciones de coca del Chapare? ¿Si se sabe que esa coca amarga del Chapare sólo sirve a los narcotraficantes? ¿Cómo se puede entender que a S.E. lo hayan recibido como a un estadista en todo el orbe? En el fondo, lo que se produjo fue una gran hipocresía internacional. Una tolerancia cobarde. La comunidad lo recibió como a un Mandela. ¡Y se reía por supuesto! Evo Morales no tenía, ni de lejos, la formación de ese héroe. Lo que sí explotó muy bien fue su ascendencia indígena. Se declaró el primer presidente indígena de América. Mentira por doble partida. Primero, porque antes de él, Juárez, en México, era un indígena. Y en Bolivia, nada menos que el Mariscal Santa Cruz. Y segundo, que Evo Morales no es un indio, sino un mestizo. No habla quechua ni aymara. Es mestizo como ha habido una docena o más en la presidencia. Pero funcionó bien su imagen plañidera de indiecito pobre, maltratado y humillado. La gente le creyó en el exterior. Por ser tan indiecito y tan pobre le permitían que se presentara con su chompita a rayas, con una sonrisa ingenua, su cerquillo partido y sus zapatones de tenis. En todos lados demostraba modestia. Decía que su único propósito era aprender para poder ayudar a su pueblo; que lo único que deseaba era que la oligarquía boliviana, tan corrupta y criminal, le diera la oportunidad de gobernar. Y le creyeron. ¡Hasta el Rey de España lo recibió, afectuoso, con la chompita y los tenis! Era una picardía. Una tramoya montada por sus moldeadores populistas, o zurdos fracasados, o las dañinas ONG. Quien primero se dio cuenta de la veta que podía utilizar, de ese brillante sin pulir, en bruto, fue Hugo Chávez. Chávez que lo aduló, le dio recursos, lo hizo pelear con gil y mil, lo apartó de los grandes bloques económicos, y acabó engulléndolo dentro del Alba. El indiecito quejoso, con dinero venezolano, cambió, se descubrió, y mostró sus verdaderas intenciones y sus ansias de poder. En Bolivia nacionalizó todo lo que estaba a su alcance produciendo grandes males al país. Pero, además, armó una Constitución a su tamaño, decapitó el Poder Judicial y enamoró al Ejército con obsequios. Siguiendo el libreto de Chávez maquinó para lograr la meta de perdurar en el poder. Con el voto comunitario (donde en algunas comunidades ha obtenido el 100%), con el adulo a los “sectores sociales” y la utilización magistral de un padrón electoral viciado, donde votan hasta los muertos, se ha vuelto imbatible. Pero, además, amedrenta a la prensa y arremete ceñudamente contra sus enemigos cambas, los oligarcas; como el Quijote contra los molinos de viento.

Sin disfraz de ninguna clase, que ya no necesita, frente a las elecciones de diciembre, sus cocaleros anuncian que cada uno contribuirá  con una libra de coca. Pues S.E. tiene, de partida, además de las ventajas del poder, 20 toneladas de coca. Pero es la coca amarga, la coca del Chapare, la que no sirve para masticar. Es la coca que sólo sirve para hacer cocaína. No puede haber descaro más grande. Hay un candidato que de cara al mundo, en las narices de EEUU, la UE, la ONU, acepta 20 toneladas de coca para su campaña electoral sabiendo que esa coca sólo sirve para transformarse en droga. Es el poder del reino de la coca amarga. La coca amarga que nos amargará a todos.

 
 
 

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