Ciencia y espiritualidad en tiempos del covid-19

De niño tenía un sueño recurrente, difícil de describir. Las imágenes eran difusas y más bien se trataba de un sueño sensorial, en el que había un gran grito que hacía que las cosas a mi alrededor se volvieran muy grandes, lo cual me llenaba de angustia, y, acto seguido, había una voz diminuta, casi un susurro, donde todo el entorno se volvía acogedor y me sentía seguro. Por aquellas fechas asistía a clases de religión, dentro de la tradición católica. Mi curiosidad hacía que preguntara muchas cosas a las personas que impartían el catecismo. A los 8 o 10 años, me leí varios libros de la Biblia, aunque la enorme cantidad de nombres y referencias hizo que me perdiera un poco en un océano de simbolismos para el cual no estaba yo preparado. Recuerdo que por aquellos tiempos, yo estaba convencido de que si uno lo pedía con suficiente energía, era posible que Dios escuchara tus rezos y pudieras hacer que una montaña se echara al mar. Los años siguientes fueron una serie de desencuentros en este sentido, pues por más fuerza que imprimía a mis comunicaciones divinas, estas no tenían respuesta satisfactoria.
En secundaria, conocí la ciencia. Fue un enorme descubrimiento para mí. Cuando conocí la manera en que funcionaba el método, sentí que había sido engañado durante años. Mi escepticismo adolescente se reforzaba cada vez que entraba a hacer prácticas de laboratorio. El profesor de aquel entonces, parecía advertir mi interés, y era yo el favorito de su clase. En ese entonces yo no lo sabía, pero que esa época fue decisiva en mi formación como periodista, pues me enseñó a dudar de todo, incluyendo esa cosa que algunos llamaban Dios, a quien terminé decapitando en mi interior, donde los falsos dioses no tenían cabida. Pasaron varios años en que yo creía que la ciencia era una vía capaz de explicar la totalidad de la existencia humana. Si no había un argumento racional y científico detrás de ciertos fenómenos, simplemente los desechaba.
Años más tarde, mi vida dio un giro drástico que me hizo conocer otras formas de entender el mundo. Comencé a trabajar y sobre todo, a devorar libros. La literatura me permitía un entendimiento diferente de la realidad, más íntimo, que me ayudó a comprender mejor la conexión entre las emociones y el mundo exterior. Por aquellos años, tendría yo unos 18, experimenté una fascinación extraña por contemplar la naturaleza. Recuerdo una ocasión en que me quedé como hipnotizado sintiendo la transparencia de los árboles, su respiración secreta. Era un estado como de ensueño que nunca había experimentado, al menos conscientemente, similar a la embriaguez, un cierto estado de aletargamiento y disfrute con las cosas diminutas. Ese fue quizá mi primer acercamiento con otro tipo de percepción. Y sin embargo, yo seguía aferrado a la ciencia como medio para entender el mundo. Pasaron los años. Rencuentros, desencuentros y muchas experiencias en el camino. Con el paso del tiempo sentí que la ciencia era un sistema incompleto que no alcanzaba a llenar mi curiosidad del mundo. Empecé entonces a dudar, y me volví agnóstico, es decir, alguien que no niega la existencia de Dios, pero reconoce que hay algo que no conoce. Agnóstico significa eso: el que no conoce. Entonces el azar y el destino, conspiraron a mi favor. En una noche de cantina y bohemia literaria, platiqué con el Adampol y ahí se decidió que había que surcar el continente americano. Fue algo muy espontáneo, sin forzar nada. Yo sentía una enorme necesidad de dejarlo todo y salir a surcar el mundo, más allá de las fronteras de mi país. Aquel viaje a través de América Latina cambió mi vida. Uno de los episodios más significativos, aconteció bajando las escaleras de Machu Pichu, la ciudad sagrada de los incas. Yo llevaba varios años tratando de escribir poemas, pero no podía. Los versos que escribía eran terribles. Sentía que había un nudo que no me dejaba avanzar. Y fue ahí, en un peculiar estado de trance con rumbo al pueblo de Aguascalientes, en las montañas peruanas, que las palabras empezaron a fluir como cascada. A partir de ese día, me convertí en poeta.
Al término del viaje, regresé a la Ciudad de México y luego fui con mi madre a visitar a mi hermano a Texas, donde él vivía. Ahí nos mostró unos videos de Alejandro Jodorowsky haciendo psicomagia. Yo todavía tenía algunos rastros cientificistas en mí, pero aquello que decía el místico, me hacía sentido con muchas fuerzas que yo había experimentado a lo largo del viaje, y que la ciencia no me podía ayudar a explicar, como por ejemplo, el día que recibí 20 dólares de una desconocida en un parque de Perú, para continuar mi viaje, un acontecimiento mágico para el cual, las explicaciones de la realidad material no bastaban. Durante el viaje también había experimentado por primera vez con sustancias psicodélicas como el LSD, lo cual me ayudó a comprender de manera más clara que había otras percepciones de la realidad. Pero fue a partir de esa iniciación de Jodorowsky, gracias a mi hermano, que empecé a adentrarme en el terreno de lo místico. Leí muchos libros de chamanismo y antiguas tradiciones. Mi tesis de licenciatura, está influenciada por mis investigaciones de aquella época, en la que también me inicié en el estudio de la kabballah, gracias a mi tío el Jimmy, de quien también aprendí algunas cosas de astrología y esoterismo. Eso fue hace una década, por allá del 2010. Desde entonces, he seguido con mis estudios en el mundo de lo invisible, a través de prácticas como temazcales, peyote, y la comprensión de los rituales, cuyo propósito es ayudar a las personas a reescribir el código con el que opera la mente, mediante el lenguaje del inconsciente, el idioma del sueño, cargado de simbolismo. En 2012 empecé a practicar kung fu con mi sufu Luis René Cervantes, y descubrí otra forma de entender el cuerpo y la espiritualidad como un mismo proceso. Aquello cambió mi vida y desde entonces, la práctica del kung fu y el estudio del taoísmo se ha vuelto parte inherente a mi ser. En la maestría conocí a los clásicos de la hermenéutica y redescubrí a autores como Jung y Eliade, que me ayudaron a profundizar en estas cosas, presentes en los grandes mitos que han ayudado a articular la conciencia colectiva de los pueblos.
Ahora en 2020, ha sido todo un descubrimiento adentrarme en los misterios del yoga. No era precisamente lo que venía yo buscando al viajar a la India. Pero si algo he aprendido a lo largo de todo este recorrido, es que las cosas siempre pasan por algo. Se llama sincronía. Por alguna razón, el universo conspiró a mi favor para permanecer encerrado durante un mes en un ashram en Rishikesh, la capital del yoga, tras haber leído el Bhagavad Gita y adentrarme en la simbología del hinduísmo. Platicando con los babas y leyendo a renombrados yoguis, se ha abierto una nueva dimensión de la percepción, a través de un conocimiento profundo de la verdad.
Cuando leo los comentarios sobre el coronavirus, y la idolatría hacia la ciencia que impera en el mundo actual gracias a la propaganda de los medios, suelo pensar que este es precisamente uno de los puntos nodales para mantener cautiva a la gente en la realidad material. Amo la ciencia y creo que es un saber muy poderoso y necesario para el mundo. Pero también conozco sus limitaciones, y por lo mismo, es absurdo pedirle a la ciencia que se ocupe de cosas que no es capaz de hacer. El entendimiento de la realidad material es necesario para el desarrollo de la conciencia pero existen estados de percepción que van más allá de la realidad material. Los verdaderos artistas lo saben bien, pues comparten un estado de percepción similar al de los grandes místicos. A final de cuentas, todas las culturas ancestrales han llegado a las mismas conclusiones por diferentes caminos: la única realización y libertad posible en torno a la existencia humana, consiste en fundir el espíritu individual con el reino de lo eterno.
Por ello sostengo, sin temor a equivocarme, que la resacralización del mundo es el gran proyecto de nuestra época. Mientras no demos el brinco de conciencia, y sigamos atados a la realidad material, no importa cuál sea el nombre de la próxima superpotencia global, pues el resultado será el mismo. Ha llegado el tiempo de la trascendencia. Y la pandemia del covid-19, puede ser un buen punto de inflexión para ello, si estamos atentos al llamado de la naturaleza, que es al mismo tiempo, el llamado de Dios.
Esa es mi muy particular manera de entender la espiritualidad humana. ::.

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