Carlos de Foucauld. El pequeño hermano santo.
Por: Manuel Ruelas.
“Aleja vuestras tiendas, acerca vuestros corazones”
Proverbio tuareg [traducido por Carlos de Foucauld]
El 15 de mayo de 2022 será recordado por la canonización de Carlos de Foucauld. Además de santo, fue un hombre, francés, blanco, militar, hijo de vizconde, sacerdote y ermitaño. Sabemos de él por sus cartas, diarios, biógrafos y entusiastas que han hecho de su nombre sinónimo de silencio, soledad, anonimato y humilde imitación de Cristo.
A pesar de que Carlos murió sin haber realizado el sueño de formar una fraternidad de hermanos, la semilla ha sido a tal grado potente que las fraternidades de religiosos y laicos inspirados en su testimonio se cuentan en decenas. Fenómeno peculiar debido a la vocación ambivalente del francés. Por un lado, sacerdote comprometido con el destino de la Iglesia católica. A nuestros ojos un conservador en sentido pleno de la palabra. Sin embargo, un adelantado, verdadero expedicionario de una tierra inhóspita donde la santidad avivo su fulgor. Ora bien, son insuperables los testimonios de cientos y cientos que han dado la vida gracias al estímulo de Carlos. Realmente son el tesoro más valioso producto de su beatitud
Por otra parte, tenemos el relato de Carlos. Es cierto que los diarios y biografías son excitantes por su componente voyerista, que alimenta el hambre de emociones desnudas a galope de las propias aflicciones. Una buena novela nos provee de un caudal de sensaciones humanas, muy humanas. No le pedimos menos a Murakami, Dostoievski o las series en pantalla. Pero con Carlos es distinto. Al menos para mí, el varón decadente de la Tercera República Francesa (1870-1940) no tiene mucho con qué satisfacer nuestro apetito. Y es que no es sencillo leer la historia de vida de una persona. A menudo, genera un resultado adverso, como si fuera posible comprender la existencia a través de entretejer los eventos que van de la cuna a la tumba. Especialmente, una conversión del alma no opera así. Es casi como plantear el porqué del enamoramiento. No encontraremos solución en el antecedente del problema.
El misterio de Carlos es el desierto. Es un santo que clama en el desierto. Igual que Juan el Bautista, el más pequeño en el Reino de Dios. Decimos que la santidad es un amor desolado; un oasis en medio del desierto. Carlos deseaba ser el hermano más pequeño de la Iglesia, tan disminuido que su incursión en tierra de infieles no podría causar revuelo. Y así lo hizo. Al ser un explorador experimentado desde su formación militar, decidió primero instalarse en Béni Abbès, situado al sur de Argelia en el Sáhara Occidental, después terminaría sus días más al sur en Tamanrasset. Ambos, oasis sin cristianos donde el islam está arraigado a las necesidades nómadas de pueblos como el tuareg. El desierto manda más que la ley islámica. Más aún de lo que cualquier cristiano podría imaginar. Esto fue algo que a Carlos le fascinó. Es una novela conocida. Cuando revisamos la historia de la Iglesia —esa polifónica tradición de los herederos de Cristo— es una demanda constante la renovación, el cambio de la antigua ley a favor de bríos evangélicos. Siempre la nueva y buena noticia del banquete entre amigos. Además, la Iglesia quiere ser siempre joven porque su único fin es casarse bella con el amado Jesús. Es una celebración de la concordia de los amantes amigos. Por eso hace todo lo posible por borrar sus imperfecciones, adornándose en virtudes para ser de beneplácito. Es un idilio en el páramo del mundo al igual que el clamor de Carlos.
Hacer una ermita es el mandato del amor. Lo que significa que el amor pide enraizarse en el desierto solitario. Hablo del yermo del alma. Solo en un oasis santo el amor florece. Un estado de profunda soledad en que es posible albergar sin menosprecio. En eso Carlos fue maestro con su actitud hospitalaria que le mereció una muerte de sangre. Al ser sospechoso de espionaje fue asesinado en 1916 a causa de su amistoso trato que por igual repartía a los rebeldes locales y las tropas francesas. Diminutas balas arrebataron la vida al que deseaba ser el más pequeño de los hermanos de una familia universal.
¿Por qué esta obsesión por lo inferior?, ¿qué se aloja allí debajo? La parábola del hijo pródigo nos da la clave. Semejante al arco y la flecha, el hijo menor malgasta su herencia solo para recular hasta el punto de ser propulsado de nuevo al padre, así Carlos imagina el movimiento del alma en la ermita. Hacemos desierto para retrotraernos con miras al amor santo. Habitamos la soledad como los tuaregs transitan el Sáhara con la intención de descansar momentáneamente en un abrevadero para seguir el paso hacia otro oasis. De soledad en soledad bebemos del amor renovado por los vientos en despoblado. Los tuaregs son puro tránsito de tal manera que hacen el amor en una ubicación indiferente al lugar de nacimiento, desapegados a su vez del sitio de su último aliento. Asimismo, desaprendemos en la ermita porque desalojamos ese celo por lo propio sustituyéndolo por el refrescante sabor del destierro. La frescura de la santidad es el oasis del alma.
Carlos —reverberando con los padres de la Iglesia— hizo del desierto puerta de entrada a la santidad. Delante de ella es necesario despojarnos en soledad de la ropa sucia, del amor ingrato, de esa infidelidad que se comete al espíritu jovial del Evangelio. Luego, debemos tocar la puerta. No hay más que hacer entretanto. Otro la abrirá. Knock, knock es el sonido del silencio. Pongamos un nombre alternativo al silencio. Llamémosle anonimato, humildad, oscuridad. Para Carlos esto es Nazaret, ese poblado en que Jesús pasó trabajando con las manos al lado de su padre. Periodo insignificante, olvidado al permanecer callado y que, sin embargo, fue la fuente de inspiración de la espiritualidad del desierto que caracteriza a Foucauld.
De Nazaret nada sabemos mas que generó el fruto de amor de Cristo. Al respecto, Carlos afirmó que solo podía imitar la vida oculta del humilde y pobre obrero de Nazaret. Contrario a la predicación pública del evangelio, Carlos recomendaba a sus hermanos el silencio fructífero proveniente del desierto. Un día a la vez, un paso a la vez, fuera de grandes proyectos insostenibles en el seco horizonte: el anuncio de la caridad sería una atenta disposición a los vecinos y visitantes. Ser el amigo que se puede buscar a toda hora del día y de la noche. Trabajo anónimo entregado a los demás.
El anonimato es una fuente de poder. Carlos lo entendió así al vislumbrar la imposibilidad de nuestra época: la comunicación es instantánea, el mundo entero es próximo, y, sin embargo, la discordia crece. No soportaba la conducta hostil de los “civilizados cristianos” frente a los pobres “infieles”. La soberbia manifiesta de sus compañeros franceses lastimó el corazón ávido de camaradería sin prejuicios. No habría otra manera de erradicar este veneno sino empezando por callar, retirándose diligentemente al desierto, bebiendo del amor imparcial. Y habría que hacerlo en la oscuridad, sin recompensa, sin mérito, sin consuelo. El anonimato confiere poder a los que renuncian a ser llamados por su nombre. Es el arte de pasar desapercibido. Ser una pantalla transparente, velada para los demás, en que el espíritu actúa sin interrupción. Y si el espíritu nos toma por completo, si nos abandonamos a él con infinita confianza habremos dado en el blanco del corazón: a borbotones el amor santo lo acepta todo, está dispuesto a todo, sin desear más nada.
Carlos de Foucauld es ejemplo de una vida volcada al misterio de la santidad. A partir de su conversión, el oasis de su corazón se expandió gracias a la soledad, el silencio, el anonimato y la imitación del nazareno. Carlos nos transmitió que al desierto no solo se acude, sino que se prepara en el interior. Podemos convertirnos en exploradores de nuestro paisaje interior, peregrinos fortalecidos por una infinita confianza en virtud de la entrega a los demás, en lo pequeño, en lo oculto, en total abandono.
“Finalmente, un ángel viene a fortalecerlo: angelus confortavit eum. Para fortificarlo, no para consolarlo. La gracia, por su esencia, es fortificante, no consoladora…en Bazin, René. Charles de Foucauld Explorateur Du Maroc, Ermite Au Sahara. (Bruyeres-le-Chatel: Nouvelle Cité, 2015), 109.


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