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Bolivia se hunde

May 23, 2008
3 min read

Por Pedro Shimose

Y no precisamente por los referéndums revocatorios ni por los autonómicos de la ‘media luna’, ni por la brillante gestión administrativa de los eficientes amautas de YPFB, ni por la subida del precio del pan ni por las insidias de la prensa opositora, ni siquiera por los informes de la OEA o el manifiesto del Alto Mando de las FFAA que, de hecho, suplantó al Tribunal Constitucional y a la Corte Nacional Electoral (CNE).

Bolivia se hunde porque en la población de La Higuera, a 25 kilómetros del municipio de Moro Moro, cerca de Vallegrande, las casas se derrumbaron y en el suelo aparecieron profundas grietas que se tragaron huertas y cultivos de los campesinos que huyeron del lugar encomendando su alma a la Virgen de Cotoca y a todos los santos del ‘sindicato católico’ (EL DEBER, 24/04/08). Poco faltó para que de aquellos pozos surgieran chorros de gas como pedos del diablo.


Muchos pensaron que se trataba de un castigo divino, pero he aquí que el Servicio Nacional de Geología y Técnico de Minas (Sergeotecmin), organismo oficial, nos sustrajo de nuestras ensoñaciones astrológicas y metafísicas para decirnos que, en cualquier momento, el legendario cerro de Potosí puede venirse abajo porque está tan perforado por la codicia humana que hoy parece un monumental queso gruyere. Dios no lo quiera, pero las cosas son así, siempre que el Gobierno y la CNE no digan lo contrario.

El Sergeotecmin, cuya sigla parece ser el nombre de un medicamento contra la alergia, nos sigue diciendo que, en nuestro país, más de 20 pueblos están amenazados de ser devastados por derrumbes y corrimientos de tierra (La Prensa, 11/05/08). Hay, por ejemplo, un pueblo llamado Yocarhuaya, en el municipio de Moco Moco, provincia Camacho, departamento de La Paz, que por quinta vez corre peligro de ser sepultado por deslizamientos de tierra. Otras 20 poblaciones del departamento de La Paz están en parecida situación. Autoridades locales y varias ‘oenegés’ recomiendan trasladar esos pueblos a otras regiones menos expuestas a este tipo de amenazas telúricas, cosa nada fácil. Los costos de la mudanza se calculan en Bs 2 millones, cantidad mucho menor de lo que costó la gira turística de la Asamblea Constituyente por los nueve departamentos de la República, descontados sueldos, dietas y demás ‘chanangas’. Varios periodistas intentaron entrevistar a los yatiris de la comarca para que leyeran en coca el futuro de las tres comunidades de Yocarhuaya, pero fue inútil. Les informaron de que dichos yatiris estaban reunidos con los observadores de la OEA, que con Caputo y sin Caputo ‘caputean’ de lo lindo cuando opinan sobre Bolivia y sus referéndums autonómicos.

En Yungas, los movimientos de tierra son tan inquietantes como los Movimientos Sin Tierra en Yapacaní. Han provocado estragos en las zonas auríferas de Tipuani, especialmente en Chima, provincia Larecaja, departamento de La Paz (‘Chima’, en su segunda acepción, quiere decir ‘albondiguilla’ o ‘pelotilla’, es decir, moco duro en forma de grumo o bodoque). Vale decir, en resumen, que entre Chima y Moco Moco estamos con las flemas sueltas después de tanto llorar a moco tendido por lo que está sucediendo en Bolivia, que no es moco de pavo. En Chima se desplomó, hace cinco años, el cerro Pucaloma, sepultando a decenas de ‘chimocosos’ buscadores de oro. Pero éstos siguen ahí, sin moverse del pueblo, porque creen firmemente que “donde hay muertos, hay oro”. Mucho me temo que es al revés –“donde hay oro, hay muertos”– aunque prefiera callarme ante la posibilidad de que sobre esta divergencia nos inventemos un nuevo referéndum.

Algo parecido ocurre en los barrios del Valle Alto de la ciudad de Cochabamba y en localidades mineras de Oruro. En La Paz, varios barrios de las laderas de los cerros –Llojeta, Irpavi, Següencoma– están expuestos a la amenaza de continuos corrimientos de tierra conocidos como ‘mazamorras’. Así que entre La Higuera, Chima, Moco Moco y las mazamorras de La Paz, sobran pruebas más que evidentes de que Bolivia se nos hunde.

 
 
 

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