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BODRIO

May 16, 2019
3 min read

Todo comienza en un retrete. Un hombre, de los que vienen de la tierra (homus), caga dando la media noche: el problema de nosotros es que no mentimos como la gente común, no iniciamos las historias como otros lo hacen y por eso estamos escondidos necesitando de penumbra para la ejecución de necesidades básicas; todo comienza en un retrete.

Sofía despertaría primero (era irremediable en sus horarios.) Pasearía por el apartamento recitando alguna cosa entre los pies y dedicaría su peso a marcar pisadas por los caminos que siempre repetimos dentro de nuestro espacio. Al despertar, la vería fumando un cigarrillo, algunas veces el café ya estaría listo para cuando me brota el alma. Sofía tomaría un libro y yo cocinaría papas con huevos estrellados porque es lo único que conseguíamos todas las mañanas. Nos sentaríamos con un silencio mordiendo, a mitad de algún bocado ella extendería su cuerpo para recordarme que estamos juntos y entre el choque de la esquina de sus dedos con mi muslo, yo terminaría de despertar.

Después iríamos a la azotea, para eso de la una habríamos fumado la cantidad de cigarrillos exacta cada quien. Beberíamos sentados mirando un cielo libre, uno inalcanzable por la condición del universo y nos tomaríamos la mano solo por hacer algo o porque ya no habría que fumar. Caminaríamos al parque, nos sentaríamos sin sentirnos observados y para eso de las tres su boca buscaría la mía. Tendría una forma perfecta, tendría la boca que siempre busco y que por alguna razón la tiene ella, elegiría cauteloso los movimientos: el sutil espasmo de membranas y fibras que alcanzan para maniobrar con su eco entreabierto, me crecería en el aire por azar y consumaríamos el beso saboreando mantequillas y confianzas mutuas.

Para eso de las seis habríamos terminado parte de nuestros trabajos, como es costumbre, habitaríamos nuestros respectivos sitios y terminaríamos conversaciones con gente que nos invita a sus presentaciones de arte, no iríamos, naturalmente, porque recordaríamos que nos estamos escondiendo y que entre semana no tenemos gusto para casi nadie.

Tomaríamos un taxi a eso de las ocho, bajaríamos una cuadra antes del café cubano en el centro, platicaríamos con algunas gentes (platicando sin platicar nada.) Yo terminaría cuatro mojitos, dependiendo su estado de ánimo ella bebería la cantidad de cervezas adecuadas y tal vez, solo tal vez, decidiríamos cenar con nosotros y con alguien, beberíamos más de lo mismo y bailaríamos feroces entre cuerdas que se desatan de nuestras respectivas energías con tambores vibrantes.

Aún sería temprano para eso de las once, buscaríamos un bar porque el café lo cierran a las once y media. Caminaríamos arrastrando la poca sombra que nos queda -hasta ahora no he mencionado que tomábamos duchas diario o que nos obligábamos a vestir con clase- seguramente nuestras siluetas raspando entre edificios barrocos se verían pulcras, casi fascinantes; dos cuerpos tomados uno del otro, escondidos de muchas fragilidades que ofrece el tiempo.

Encontraríamos donde pasar el rato, el cansancio se presentaría a por eso de la una y media, hora de nadie. Su pierna enredaría en la mía, un tronar de músculos  presente. Ella me tocaría la cara, yo bebería mi último trago avisando que también estoy listo para regresar a casa, e iría al baño mientras Sofía paga la cuenta.

Al llegar, el gato ya habría comido; siempre le dejábamos lo suficiente para que su recibimiento no sufriera de ningún llanto. Nos cambiaríamos uno al lado del otro, con profunda desnudez alguna mirada se nos iría en la silueta y no terminaríamos de ponernos la ropa, no terminaríamos hasta eso de las tres.

Sofía abriría dos botellas de vino, iría a su estudio habiendo dividido la cantidad exacta de cigarrillos para que a ambos no nos interrumpieran vicios a mitad de la creatividad. Yo terminaría un cuento o dos que tres poemas, ella iría a dormir porque sus avances con el lienzo ya no tienen más remedio. Yo la alcanzaría un poco más borracho, alguna fragancia vieja (recordada) me abriría espacio en su silueta para abrazarla cuando aún su sueño no es profundo.

Aquel día no sería cotidiano, porque de algún modo siempre hacíamos todo eso de forma diferente. A eso de las diez despertaría despacio como de costumbre, olería una habitación llena de mujer y magia. Tal vez el café ya estaría listo, pero es que Sofía hace tres días que se ha desnucado bajando del segundo piso donde nos movíamos juntos, yo llevo rato borracho y ahora estoy en el retrete comenzando a sacar los residuos de un dolor acumulado.

Todo es pasajero (y todo lo demás) bodrio.

– Eduardo Arrequín

 
 
 

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