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Autismo: Entrenamiento de astronauta.

Jan 17, 2021
3 min read

El autismo es una condición que suele estar anclada a un lenguaje muy particular. Las analogías son uno de esos recursos usados para transmitir todas las emociones que se experimentan en torno a este. Desde las más nefastas como la «fortaleza vacía», hasta las más bellas como la de El principito. Pero una de las analogías más recurrentes e ilustrativas es la de un extraterrestre que no se adapta a nuestro hostil planeta. Luego de 26 vueltas al sol junto a mi hijo, como copiloto he descubierto que a un niño autista se le debería tratar no como a un extraterrestre sino como a un astronauta.

Nuestra bitácora espacial inició con la adaptación a un planeta desconocido hasta ahora para nosotros: el planeta autismo. El reto comienza por encontrar ese punto de conexión que se diluye entre miradas evasivas y palabras ausentes. Elaborar un lenguaje que, como exploradores, fuera comprendido en «otros mundos» para así iniciar el entrenamiento básico.

Aunque no estuviéramos orbitando en gravedad cero, las rutinas más básicas son mediadas por su autismo, lo más simple se vuelve toda una odisea de pruebas y fallos. El entrenamiento no para: tomar los cubiertos, ir al baño, sentarse a la mesa, tomar un lápiz, vestirse. Algunas veces las instrucciones buscan mitigar rarezas: que no agite sus manos, que no salte, que sus verbalizaciones incoherentes (en apariencia) disminuyan. La instrucción empieza a alejarse del proveer de herramientas vitales y esenciales en un mundo, que aunque permite maniobrar a pesar de las dificultades,  tiende a fallar por su característica entropía.

Nosotros, los viajeros rutinarios, sumergidos en una existencia de lo normal que no nos permite ver la singularidad tan fácilmente, acostumbrados a los 9.8 de  gravedad que nos mantiene cómodos con los pies en el suelo, nos vemos de repente enfrentados a darle a esa personita un entrenamiento exigente, exhaustivo y constante para que sobreviva a lo que, de ahora en adelante, será toda su vida de exploración.

Por eso el entrenamiento espacial es la mejor analogía para describir la intervención que realmente necesita una persona con autismo. Nivel básico, avanzado y prácticas en territorio. Enseñarle a moverse en el universo requerirá aprendizaje de técnicas, conceptos, funcionamiento del mundo entre otros. El tiempo apremia y a veces nos encontramos en nuestra triste realidad con enseñanzas tan carentes de significado como de utilidad.

El nivel avanzado evitará perder horas y horas en repetición de instrucciones y mejora en solución a problemas de contexto, comunicación y significado. Nuestros astronautas, en entrenamiento constante, son resistentes a la deficiente instrucción, a los vacíos que surgen cuando no hay respuestas a sus  «por qué» y, a veces subestimados en sus ilimitadas capacidades, se arriesgan en modo autónomo en la centrífuga realidad y en la ingravidez que les quita el piso seguro y les empodera para enfrentarse a la más importante misión: la vida.

De las cosas que más llaman la atención son los simuladores, que dentro del entrenamiento ocupan la etapa casi final, un premio al esfuerzo o la prueba de fuego tanto para entrenadores como para el astronauta.

En las personas autistas adultas es común encontrar el anhelo por un simulador social, algo así como un mundo a escala para aprender allí cómo moverse en esos espacios tal cual lo haría un astronauta a través de los vuelos parabólicos o las cámaras antigravedad. Una cosa es la teoría y otra la incierta realidad. Dicen ellos, que si se les hubiera dado entrenamiento de campo las cosas serían distintas y no habrían salido a experimentar fallo tras fallo dejándolos con un sentimiento de incapacidad. Ante el “Houston, tenemos un problema” la respuesta fuese un “Mantenga la calma, espere instrucciones” y no un aterrador silencio o en el peor de los casos un “arrégleselas como pueda”.

En la NASA una misión de quince días requerirá un entrenamiento de cinco a ocho años, sin contar aquellos entrenamientos a misiones en lejanos parajes galácticos y cuyo entrenamiento se extiende muchos calendarios más. En un universo que no cambiará sus leyes físicas para permitir al astronauta navegarlo sin preparación, la adaptación es indescartable en medio de un espacio que se impone basto, desconocido, indeterminado. Así el mundo. Así la sociedad. Por eso el autismo encaja tan bien en esta analogía.

A veces las personas autistas solo buscan una misión orbital cercana a la tierra. Mientras, hacen acopio de valentía que los lleve más lejos, enfrentando a muchos que quieren sabotear la misión, anclarlos a la tierra, aunque merezca ir años luz de su base espacial con un mensaje: “Aquí estoy, soy parte de este universo tuyo y mío” y a la espera de una respuesta amigable: “Bienvenido! Explorador, te estábamos esperando”.

 
 
 

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