Atardecer a orillas del mundo
Y de pronto
se apagó el sol,
como una naranja
con destellos guindas
en una extensa llanura
bañada por la sombra,
insinuaciones manantiales
y una tenue cordillera
emanada de la bruma.
Todos mis recuerdos
se erosionaron
en el descenso
y el calor se hizo frío
y la distancia se hizo
más próxima.
Un tajo marrón
encendió el horizonte
para dividir la oscuridad
en dos,
la del cielo y la tierra.
Mengua la luz
en la voracidad
de la noche que se levanta.
La ciudad simula ser
una galaxia terrestre,
una constelación eléctrica
buscando llenar el vacío
que dejó la tiniebla.
En cada estrella de luz opaca
habita el silencio,
un ácido invisible que se ramifica
por el subsuelo
y escupe sangre.
Mañana brotará
otro fuego
desde el oriente
para iluminar al mundo
en el tibio resplandor
de la hierba.
::.

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