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ARTURO RIPSTEIN Y LA DOBLE MORALIDAD DEL MACHO ALFA

Apr 11, 2020
4 min read
J. M. León de la Rosa

EL CASTILLO DE LA PUREZA (1972) Y EL LUGAR SIN LÍMITES (1978)

En esta ocasión nos adentraremos en la filmografía de un gran exponente del cine de autor mexicano y quizás el más representativo de la década de los setenta. Arturo Ripstein es oriundo de la capital mexicana y desde muy pequeño, por razones de parentesco, estuvo inmerso en el mundo de la filmación y la producción; incluso fue discípulo del genio aragonés (y mexicano), Luis Buñuel. A lo largo de su carrera ha sido galardonado en festivales como el de San Sebastián, Sundance, Rio de Janeiro y San Francisco, ha recibido en diversas ocasiones el Premio Ariel, y fue honrado con el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Bellas Artes. Entre sus obras como director destacan Lecumberri (El Palacio Negro), Profundo Carmesí, y El coronel no tiene quien le escriba. En esta columna nos enfocaremos en dos de ellas: El Castillo de la Pureza y El Lugar sin Límites.

Los años setenta representan una clase de contradicción para el cine nacional. El sexenio del Presidente Echeverría (1970 – 1976), guiado por la pasión de su hermano Rodolfo, generó el despertar de una nueva ola de cine mexicano al instaurar la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (y por lo tanto la entrega del Ariel) en 1972, al inaugurar la Cineteca Nacional en 1974 y el Centro de Capacitación Cinematográfico en 1975. Durante esos años, un movimiento de creadores liderados por Felipe Cazals, Jorge Fons y Arturo Ripstein buscarían retratar a un México más crudo, alejado del sueño agridulce que representaba en su mayoría la época de oro. Este nuevo esplendor sería apagado en pocos años por el período de López Portillo, pues se optaría por un retorno al cine familiar, por imitar a aquellos años dorados, aunque lo que verdaderamente provocó el nuevo sexenio fue el surgimiento de  un nuevo género cinematográfico de muy bajo presupuesto y quizás la mancha más oscura en la historia del cine mexicano. Pero no olvidemos que estamos aquí para hablar de dos grandes películas de los primeros años de la década de los setenta de la mano de Arturo Ripstein.

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El Castillo de la Pureza (1972) es un drama escrito por el mismo Ripstein y José Emilio Pacheco, basado en hechos reales, en el que un patriarca ha encerrado a su familia por 18 años en una casa ya que considera que el mundo exterior es dañino para ellos, y así los libra de todo mal, de todo vicio y de toda tentación, aunque él es el único personaje que puede salir de la prisión llamada hogar. El padre ejerce su superioridad frente a su esposa y a sus tres hijos en todo momento, siendo estos últimos “sus trabajadores” en la fabricación de veneno para ratas, pues esa es la forma en la subsisten. Las salidas del padre son motivadas por fines mercantiles, pues va de tienda en tienda ofreciendo su producto, eso sí, sin dejar pasar la oportunidad de coquetear con alguna mujer, rompiendo toda moralidad o pureza que supone imponer a su descendencia. Al final, la represión del padre hacia sus hijos se torna cada vez más violenta pues los pequeños se encuentran en su despertar sexual, que será el propulsor de una inevitable rebelión. La película cuenta con las actuaciones de Claudio Brook, Rita Macedo, Arturo Beristaín y Diana Bracho.

La segunda película que quiero abordar es El Lugar sin Límites (1978), una adaptación de la novela homónima del chileno José Donoso.  Película que inicialmente rodaría Buñuel y que al dejarla, la retomaría su discípulo y volvería a trabajar en su guion con su amigo José Emilio Pacheco. El filme dibuja un pueblo mexicano pobre e injusto, controlado por un cacique, en el que hay un burdel manejado por La Manuela (Roberto Cobo), La Japonesa (Lucha Villa) y su hija La Japonesita (Ana Martín).  Al pueblo ha vuelto Pancho (Gonzalo Vega) quien sabemos que tuvo una clase de encuentro con La Manuela hace algunos ayeres. Lo que parece ser “la única atracción” del pueblo, en realidad esconde oscuridad y violencia a través de tragos y besos. Al final, Pancho regresará al burdel junto con su cuñado, ahí sucederá el primer beso homosexual en la historia del cine mexicano, beso que le costará la vida a uno de ellos. Si bien, los sucesos ocurren en el pueblo ficticio de El Olivo, aquella historia pudo haber ocurrido en cualquier municipio mexicano porque el infierno es el lugar sin limites, y también es aquí donde estamos ahora.

En estas dos obras Ripstein trata de reflejar la violencia que como hombres se nos sigue imponiendo replicar. A veces se confunde el amor con impetuosa sobreprotección y represión con el fin de imponer nuestra “superioridad” a toda costa, otras veces esa misma represión viene hacia los hombres, replicando el modelo una y otra vez, gritando una y otra vez, golpeando una y otra vez, violando una y otra vez, matando una y otra vez.

Los invito a ver estas películas que son de verdad un tesoro nacional. Pueden encontrarlas en el sitio web de FilminLatino, donde solo deberán crearse una cuenta para acceder de forma gratuita a estas y más largometrajes mexicanos en alta calidad.    

 
 
 

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