Apuntes sobre el #MeToo a la mexicana (y el fanatismo de género)
¡Qué cantidad de pleitos ha generado la polémica por las denuncias del MeToo en México! Me parece triste tanto el debate como lo que hemos visto en los últimos días.
Por un lado, las mujeres violentadas, acorraladas, no les ha quedado más alternativa que denunciar en redes el acoso que padecen sistemáticamente, ante un aparato de justicia inservible e impregnado de machismo.
Por el otro lado, tal parece que en el nuevo dogma feminista la presunción de inocencia no existe (porque las mujeres por ser mujeres nunca mienten) y eso también es un problema.
En las denuncias había de todo: acusaciones legítimas de mujeres violentadas y también, casos donde la exageración y la banalización estaban a la orden del día. No toda insinuación es acoso, aunque la línea es muy delgada y es difícil establecer con precisión milimétrica cuál es cual. Ni tampoco toda agresión es culpa del heteropatriarcado (me tocó leer por ahí un testimonio de una mujer que se quejaba de eso porque le decían gorda y marimacha en la escuela, como si a los hombres no les dijeran cosas por el estilo en el salón de clases).
Lo más preocupante son los mensajes de odio y fanatismo desbordado que abundan por ahí. Desde las mujeres que aplaudieron el suicidio del bajista Armando Vega Gil (el primer “martir del patriarcado”, según algunas extremistas) hasta la estupidez del MeToo Hombres, creado para, dicen, tratar de contrarrestar el linchamiento femenino en redes con más linchamiento masculino.
Las mujeres en México y el mundo han sido muy lastimadas y por lo tanto, es entendible esa explosión de enojo con la que buscan trastocar las viejas relaciones de poder frente a los hombres. Los niveles de violencia que hemos vivido en este país, los últimos años, no eran para menos. Hay mujeres que en el camino, han ido tomando cada vez mayor conciencia de su propia fuerza y yo lo celebro.
Pero, por otro lado, me da la impresión que algunas mujeres se están haciendo mucho daño en todo este proceso. Una cosa es el empoderamiento femenino y otra cosa es la victimización. El odio exacerbado contra los hombres por parte de algunas feministas raya ya, por momentos, en expresiones propias del fascismo. Es algo que hay que discutir, aunque no sea políticamente correcto decirlo, aunque más de una se podrá sentir ofendida, en esta época donde la susceptibilidad está a tan flor de piel y cualquier comentario puede resultar ofensivo para alguien.
Una de las verdades que emana al develar el velo de maya, según el hinduismo, es comprender la ilusión de la separación. Todo está conectado y la separación es, por lo tanto, una ilusión que no corresponde a la verdad profunda sobre la existencia humana. Por ello resulta preocupante que, en esta era de fanatismo ideológico, esa falsa idea de la separación es cada vez más común en nuestras sociedades: hombre-mujer, blanco-negro, chairo-fifí, rico-pobre, nacionalistas-globalistas.
Yo, por mi parte, anhelo el día en que el hombre y la mujer puedan romper las ataduras del sexo para reconciliarse y amarse sin condiciones. Entender que, pese a nuestras diferencias, quizá podamos encontrar la manera de querernos sin etiquetas y disfrutar de este viaje juntos. La violencia se puede mitigar, pero nunca se podrá erradicar del todo. Es la dolorosa lección que me tomó mucho tiempo aprender. La maldad no existe: sólo es un montón de gente lastimada.
Luego me vienen a la mente un par de sabias frases enunciadas por Buda, quien afirmaba que “el verdadero amor nace de la comprensión”. ¿Tendremos la capacidad de comprender al otro, a la otra, sin juzgarnos de antemano?
“El odio no cesa con el odio, el odio cesa con el amor. Ésta es una ley muy antigua”, afirmaba Siddhartha luego de alcanzar la iluminación.
No nos resta más que esparcir un poco de amor en este mundo tan lleno de odio. Un verdadero acto revolucionario, en esta carnicería de todos contra todos. ::.


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