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APETITO

May 10, 2019
8 min read

De voraz… a traumático

Desperté en la habitación de Daniel, hacía dos días que comenzamos la borrachera. Desde el jueves que tomamos la primera cerveza, nuestros fondos comenzaron a acabarse, pero tuvimos la idea de no bañarnos e ir con ponchos a robar botellas de vino del supermercado. La seguridad ahí solo sirve para justificar gastos y solemos confiar en la apatía de la gente. Nos colocamos las botellas de vino debajo del poncho, sujetándolas con la tensión del pantalón contra el vientre; ese día le sacamos al capitalismo unas buenas diez bocanadas de trago.

Desperté en el suelo cubierto de alfombra, Daniel ocupaba la posición de los muertos

– ¡Wey! El festival cabrón

– No mames, verga ¡Cámbiate en chinga! Tenemos que pasar por Sara

La cabeza me reventaba como quien aplasta un huevo, los sonidos de la mañana agujereaban con repetidas secuencias mi estabilidad auditiva y todo por ahí aparecía mal acomodado o simplemente no estaba en su sitio. El primero en bañarse fue Daniel, yo esperé en la cocina bebiendo grandes cantidades de agua, pero ningún trago logró bajarme la resaca; cuándo fue mi turno de usar la regadera, algo en mí descansó un poco

– Ni pedo, hay que pedir taxi

– Wey, tenemos que ahorrar dinero para el festival

– No mames, pero si llevamos cuatro botellas de vino

– ¿Y crees que van a ser suficientes?

– Llevamos dos días chupando, ¿qué no te cansas?

– No

– De todos modos, no voy a soportar usar el metro, con tanta pinche gente me voy a sentir sofocado

Cedí ante Daniel por simple congruencia. Los viajes en taxi con resaca son de mis favoritos, generalmente uno siente confianza de contar su vida ante un desconocido que te lleva a cualquier lugar, pero con resaca existe mayor fluidez

– Oigan, ¿entonces no me criticarían, si acaso yo fumara marihuana?

– Hermano, somos escritores, no criticamos ni a quien comete incesto.

El chofer era joven, de vez en cuando llegó a contarnos más de lo debido. En el camino nos compartió un porro que ya tenía forjado; la planta me acomodó los hombros, pero el dolor de cabeza continuaba titilando

– Ya llegamos, carnales

– A huevo, nomás déjame sacar mis madres de la cajuela.

Le pagamos el viaje y tocamos a la puerta de Sara. Al entrar una especie de tibieza me acarició la frente; Daniel llevaba años viviendo con su padre después de la muerte de su madre y el ambiente carente de contacto femenino, hacía rugoso lo que respiraba ahí, en la casa de Sara, había cierta pureza en lo que se sentía.

Ella se presentó con un vestido rojo, casi una belleza clásica. Daniel se le lanzo con un beso que los encerró fuera de cualquier rigidez en el tiempo – hablar del tiempo siempre es complejo y más con una mujer enfrente. Los tres nos dimos un momento para beber café y comer el desayuno

– Ve a comprar mientras le pinto los ojos a Angrisani, por favor, cielo

– Te recibiremos con café amigo, anda.

Daniel se fue a regañadientes, pero sabía que nuestras pretensiones eran necesarias. Hace poco descubrí que el estereotipo de la belleza masculina, requería obligatorias facciones cercanas a las femeninas: al hombre que carece de una nariz pequeña u ojos pispiretos, por lo general lo consideran feo sin tomarle en consideración el alma; al no poseer dichas características, decidí provocármelas con un poco de maquillaje

– Así que dos días, ¿eh?

– Somos un par de pinches borrachos

– Son escritores y yo no confío en nadie que no sea borracho.

Sara me pintaba delicadamente los párpados mientras me daba consejos para comenzarlo a hacer por mi cuenta. Cronometrado con la cafetera, Daniel llegó y el desayuno también.

No pasó gran cosa, cada quien comió en silencio. Estábamos retrasados una hora y el más retrasado era yo, que me presentaría como el único poeta invitado entre tantos músicos y pintores. El siguiente taxi fue menos amable y seguramente no nos compartiría marihuana. Al llegar, la primera noticia fue que se les había olvidado mi existencia

– Es que no habías llegado y la verdad se nos pasó poner tu stand, pero danos un momento y lo arreglamos, de verdad disculpa.

Montaron todo bastante rápido, yo hice algunas bromas mientras no colaboraba con acomodar nada y le anunciaba a cuanto pasaba, que yo había llegado tarde

– ¿Vienes ebrio?

– Linda, querían a un poeta y sinceramente sobrio no lo soy.

Coloqué la máquina de escribir en una esquina de la mesa, acomodé los poemas sobre el espacio restante y todo lo demás lo eché abajo para que no se viera. Al momento de sentarme un mareo me susurró en el cuerpo, bastante cínico abrí una las botellas de vino que robamos en el supermercado, aquella noche fue una locura, de regreso a la casa de Daniel íbamos presumiendo al mundo que llevábamos cinco botellas robadas, nuestros cuerpos se movían vibrantes en una especie de jazz pronunciado y caminamos bastantes calles gritando y riendo. A la mitad del camino, abrimos una botella de vino blanco y la sorbimos como gitanos extasiados sin miedo a desperdiciar parte del jugo en nuestro cuello ¡Rodando! Rodando andaban cinco botellas de vino que ocuparíamos para el alma

– Hey, viejo, ¡lanza esta!

– ¿Contra la pared?

– ¡Si, contra la pared! Que también se embriague ¡Joder! ¡Cinco botellas de vino robadas!

Bum dan bum, sagá jalá patí maná bolí yunkí. Bum dan badú dibá salú jalá maná ¡yunkí!

– ¡Eso! ¡Estrella a esa hija de perra! ¡El vino blanco es como cogerse a una rubia!

Es curioso que cuándo alguien se siente libre, por lo general comete barbaries. Cuándo uno de los pintores me vio con la botella en mano, se acercó fresco

– Oye, ¿no irás a chingarte eso tú solo?

Le extendí la botella con gracia desinteresada

– ¿Y tú que haces viejo?

– Pues, estoy sentado y bebido, digo, bebiendo

El hombre soltó una mueca de lo más similar al agrado. Sacó una cajetilla y me ofreció un cigarrillo

– Escribo, lo imité de un portugués que conocí en Guadalajara, va por el mundo con su máquina de escribir y vende sus poemas

– Uff, buena idea, ¿y los haces en el momento?

– Ese es el punto, también traigo algunos hechos por si no traigo ganas de hacerlo

– Eres un tipo de lo más peculiar

– Sí, realmente lo soy

Volvió a reírse

– Bueno, te dejo, tengo que cuidar el puesto.

Al despedirse me puso la mano en el hombro. Estuve un buen rato vendiendo poemas, ya había juntado lo suficiente para el taxi para eso de las tres, así que fui a unas hamacas que estaban justo al final del lugar, completas de placidez y despojo. Le dejé el sito (sitiado) encargado a Sara y a Laura, esta última nos alcanzó aún más tarde

– Pero deja una nota o algo

– ¿Nota como de qué?

– No sé, escribe que te vas y que, si gustan, pueden ir a platicar contigo

“Me he mudado a las hamacas, si lo necesitas, toma un poema. Puedes ir a platicar conmigo, también”.

Casi al momento de acomodar el cuerpo entre los hilos, me quedé dormido con la libreta cubriéndome la cara. No pasó nada interesante mientras dormía y el tiempo que ocurrió tampoco importa.

Al despertar, la gente seguía en lo mismo, me espabilé un poco y una de las organizadoras me alcanzó

– Oye, ya hay cervezas a tu nombre esperando, también comida. Todo está atrás del escenario, ve cuándo quieras.

Primero fui a almorzar, no hablé con nadie porque realmente no tenía interés en nadie. Me formé dos veces y no miré otra cosa más que mi plato de guisado, después me dirigí a por las cervezas. Llegando me sujeté de una de las cuerdas de la carpa y di una vuelta

– ¿Disculpen, aquí es el desquicio o me dieron mal la dirección?

Una mujer blanca con cara maravillosa, me sonrió

– Aquí es, buen hombre ¡Vaya a emborracharse!

Me llevé varias porque encontrarse nuevamente con las mismas personas me asqueaba un poco. Mis amigos escritores llegaron como parvada, de alguna manera, ya todos volvíamos a estar ebrios.

Gargantas y gargantas se acomodaron, el festival se redujo a los artistas que yacíamos borrachos en un rincón y los otros que escuchaban música en el pasto frente al escenario. Luego de unos tragos, regresé a mi mesa y compuse algunos estribillos de eructo poético, al levantar los ojos, algo bello sucedió.

Es curioso cuándo dos se encuentran de a primera vista, busqué entré mi memoria para saber si de algún modo una disculpa o asiento hubiéramos compartido, pero no había nada; una mujer, mujercita, se acercó a mi sitio.

– ¿Y cuánto cuestan los poemas?

– Para esos ojos, llévate los que gustes

Sonrió chusca

– Este me gusta

– ¿Qué otros gustos tienes?

– Hombres locos

– Uy no, por aquí no hay ninguno

– Jaja, se supone que salgo con un chico de una de las bandas que van a tocar. Ya me regaló uno de tus poemas.

Algo en mí se paralizo brevemente, no creo haber contestado bien a ello. La muchacha se fue sonriendo y yo me quedé sentado, un buen rato, pensándole.

Tras más tragos y más artistas, todo comenzaba a difuminarse. Encendí cigarrillos como si fueran inagotables, luego llegó Daniel

– Hey, viejo ¡Estoy feliz!

Gritó duró

– ¡Y por qué estás feliz!

Grité duro

– ¡Porque estoy vivo, joder!

– ¿Vivo? ¡Vivo!

– ¡Estoy vivo, joder!

– ¡Vivo! vivovivovivovivoviwnagñadsñawñowñ ¡Vivo!

Al paso de un buen rato, nos acabamos las cuatro botellas de vino. Las últimas botellas robadas que quedaban. También me enteré que una señorita fue a buscarme a las hamacas mientras yo regresaba a mi lugar, el gotero de lo espontáneo es muy complejo, más con las mujeres.

Bebí demasiado, bebí demasiado y me metí otras cosas al cuerpo, estaba vivo y radiante, irradiaba vida y pulso en movimiento. Una banda de jazz se presentó al final, a la salida del festival resultó que me los encontré y les regalé todos mis poemas, me dijeron que harían una canción con ellos. Me invitaron a por un trago pero en definitiva yo quería mi botella de vino, bien pagada en casa. La casualidad es así, tiene que tener todos los elementos juntos o sino no sirve, por eso no busqué a la muchacha que dijo – ¡Este poema es fantástico! Porque no sirve si no tiene todo lo necesario para vibrar en medio del caos.

La mujer, la mujercita, la de los ojos; me abrió el estómago. Tengo tanta hambre que pienso en ella, ¿sabes?

– ¿Y no te dejó cómo contactarla, o te dijo algo más?

– En algún momento, sí. Pero su novio estaba con nosotros, la abrazó tan levemente que yo advertí a tiempo irme, ella me estaba sonriendo demasiado

– Marcó territorio

– ¡Marcó territorio! Sí. Algunos hijos de puta no entienden que la mujer no es de nadie

– Pues, es una historia linda

– Lo es porque nunca nos conoceremos odiándonos

– Jajaja, eres un tipo muy peculiar

– Soy un tipo muy peculiar, sí.

Al bajar de mi tercer taxi, pedí nuevamente sacar mis menjurjes de la cajuela. Ya era de madrugada y yo andaba con el apetito hasta en el culo

– Hey, hermano, te regaló este poema, fue el que ella se llevó repetido.

El taxista me sonrió. Al llegar a casa abrí mi última botella de vino y la cajetilla de cigarros que le robé a un ebrio distraído.

La de los ojos LA DE LOS OJOS Bum dan bum, sagá jalá patí maná bolí yunkí. Bum dan badú dibá salú jalá maná ¡yunkí!

Esa me dejó con hambre… Llevo días recordándola como canción.

– Eduardo Arrequín

 
 
 

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