Aguas Termales y Piscinas en Islandia
Los baños termales forman parte de la cultura islandesa. No es de extrañar, teniendo en cuenta que Islandia es una auténtica caldera natural en la que el agua caliente fluye bajo la tierra. Hay unas 130 piscinas públicas repartidas por todo el territorio y es común que la gente acuda por la mañana antes de irse a trabajar o a última hora del día para relajarse y socializar tras una dura jornada. Sin embargo, no solo podemos encontrar lagunas o piscinas en poblaciones más o menos grandes (todo lo grande que puede ser un pueblo en Islandia), sino que podemos encontrar fuentes termales en cualquier lugar por remoto que sea. Y están abiertas todo el año, haga el tiempo que haga fuera. Y es que al final lo que cuenta es la temperatura del agua geotermal.
En las instalaciones podemos encontrar varias piscinas al aire libre. Generalmente hay una olímpica para nadar (aunque a veces tienen canastas o toboganes) con una temperatura que oscila entre los 35 y 37º y después otras piscinas más pequeñas, a modo jacuzzi, con un punto más de calor (37-43º), son los conocidos como hot pots. Según lo grande que sea el recinto puede que incluso haya gimnasio, sauna, restaurantes, alguna piscina cubierta… En cuanto a los temas prácticos, es frecuente que en las duchas haya expendedor de jabón y en los vestuarios secadores de pelo y centrifugadores para quitar la humedad de los bañadores. Está todo pensado.
La más famosa de todas las piscinas es la Laguna Azul, pero también es la más masificada y la más cara. Ubicada en la localidad de Grindavík sobre un campo de lava, se halla a tan solo un cuarto de hora en coche del aeropuerto internacional de Keflavík. Recibe más de 700.000 personas al año, por lo que es conveniente reservar con antelación, sobre todo en temporada alta. De hecho, hay varios tipos de entrada, desde la más sencilla hasta una de lujo en la que además se pueden disfrutar de productos de spa y guardarropa privado. Hay alguna más intermedia que incluye mascarillas y bebida o incluso guardarropía y chanclas. Según se elija una opción u otra el precio oscila entre los 50 y los 450€. De julio a agosto abre de 8 a 24h, mientras que de septiembre a mayo cierra a las 20.
Si se va a hacer una ruta circular y el presupuesto es ajustado, existe la opción de darse un año en Mývatn, que es algo más pequeña y está menos masificada (recibe unas 100.000 personas al año, sobre todo locales). Tiene un horario un tanto más reducido y el precio oscila entre los 30 y los 40€ dependiendo de la temporada (y además incluye sauna).
No muy lejos, hay una laguna totalmente gratuita, la laguna del cráter de Viti, en Askja. Sin duda debe ser toda una experiencia, pero es algo más engorroso.
Las normas básicas de las piscinas termales son muy sencillas. Para empezar, hay que descalzarse antes de entrar en el recinto. Una vez dentro, el siguiente paso es ducharse. Pero ducharse de verdad, sin bañador y con agua y jabón, no vale darse un agua testimonial. Suele haber paneles informativos que recuerdan las zonas en las que hay que hacer más énfasis, y es que al agua de las piscinas apenas le añaden ningún producto químico (en ocasiones solo sal), por lo que es muy importante una concienzuda higiene. En algunos casos hay hasta vigilantes en la zona de las duchas para comprobar que efectivamente la gente se asea como es debido.
Una vez que hemos dejado la suciedad atrás, se puede salir al exterior, aunque ojo, no siempre está permitido sacar la toalla fuera del vestuario, por lo que toca aligerar el paso para meterse en el agua. Sobre todo si no es verano.
Tras disfrutar del baño, de nuevo hay que volver a ducharse.
Sin duda, sea cual sea la época en que se visita Islandia, no puede faltar el bañador en la maleta. Es una experiencia que no hay que perderse, ya sea en una laguna más lujosa como la Blue Lagoon, o en una piscina más rudimentaria junto a una cascada. Opciones no faltan.

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