Adherencias de la noche
Adherido a la noche como una sustancia pegajosa voy invocando demonios silenciosos mientras camino por las soterradas cláusulas de mi onírica existencia.
Soy un bardo recitando soledades y quimeras en medio de la plaza, soy el tristealegre de los versos procaces cuando rompen en el cielo.
Será la tenue brisa del otoño, la que me invita a caminar por los floridos páramos de esta febril convalecencia, ese cúmulo de fantasmas y secretos que se esconden tan dentro de la milpa, una hojarasca de recuerdos y otros sueños que me invaden de pronto cuando llegan corriendo a mi madriguera.
Era la luna soleada podando maravillas de mis ojos, un viaje en paracaídas penetrando la aurora boreal, la risa líquida de los coyotes cuando sueñan despiertos aullidos de piedra nocturna, una jauría de nostalgias hambrientas, el caluroso abrazo del nopal en medio del desierto, una sinfonía de musarañas y chapulines celebrando los muchos cumpleaños de la tierra.
Así me fui yo, galáctico y solemne, enunciando torbellinos de madera y carne roja, así me fui yo, tan alegre, devorando la entrepierna de mujeres felinas que se cuelan de pronto por mi ventana, así me fui yo, tan ligero y sonriente, bebiendo tempestades en el mar de tus piernas, ese fruto prohibido que destilan tus senos cuando van por ahí regando mis sueños rojos de maíz y de poeta, como una barcaza de flores navegando entre los turbios canales de la muerte, una traición sin enigmas, una canción sin escalas, un florero como ausente, una larga homilía de pordioseros habitando ciudades rotas entre las ratas, una temporada de carnaval y locura surciendo versos en la campiña, como quien camina descalzo entre vidrios: una humareda de gritos hambrientos como negros zopilotes merodeando el corazón. ::.

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