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“A India hay que verla con ojos del corazón”: recuento de la travesía por Rajastán

Mar 6, 2020
5 min read

Y de repente, India me explotó en el ojo, en la mente, en el alma. Bailé al estilo Bollywood, bebí pociones mágicas en honor a Shiva, un gurú me dio su teléfono, me pateó una vaca y conocí a buenos amigos en el camino.

Así la primera entrega de mi paso por Rajastán. En Jaipur conocí el templo de los monos en honor a Hanuman, y hablé con Canaya, quien cuida de los simios. Un tipo interesante. También pude aproximarme a la manera en que los hindús viven la espiritualidad y hasta me tocó honrar a Ganesh.

También conocí el Jantar Mantar, uno de los imponentes observatorios astronómicos construidos por el maharajá Jai Singh en 1728. Un lugar impresionante que muestra las inquietudes de los antiguos gobernantes indios por comprender los misterios del cosmos.

En la ciudad sagrada de Pushkar, me tocó vivir la festividad del Maha Shivaratri, el día en honor a Shiva. Una explosión de colorido en un lugar entrañable, llena de gurús que buscan hacer de la perfección interior un camino para ejercer una influencia positiva para el mundo a través de la no-violencia.

Hay quienes dicen que India es un país pobre, pero para mí, es un país muy rico. Pobre es el que necesita muchas cosas para disfrutar una vida plena. Y aquí he visto a mucha gente que, pese a las carencias materiales, goza la vida en plenitud.

La segunda parte del recorrido por Rajastán incluyó de todo. En Udaipur, conocí a un joven cuyo abuelo pintaba para el rey de aquella región, y me mostró los secretos de la pintura tradicional india, la cual suele retratar escenas de la vida pública y los gobernantes. Los colores se elaboran de manera tradicional (el amarillo, por ejemplo, se obtiene de la orina de la vaca) y las obras se realizan con un pincel finísimo de pelo de ardilla. El detalle de las pinturas es impresionante, y el trabajo que requiere una sola obra puede demorar hasta un año. En Udaipur también me llegaron desde las lejanías mexicanas algunas malas vibras que, paradójicamente, resultaron muy positivas, pues coincidió que estaba yo indagando los misterios detrás de la simbología de Krishna, comenzando a leer las enseñanzas del Baghavad Gita. En esas andaba yo cuando visité el Jagdish Temple, un impresionante templo hinduísta en el que permanecí varias horas, hasta que descubrí una gran verdad, que me conmovió profundamente, e hizo que me explotara Anahata, el chakra del corazón. Ahora entiendo mejor esa extraña atracción por el color verde, el color del chakra del corazón, al elegir una pequeña pintura que compré. También comprendí mejor la manera en que opera el karma, y eso me hizo sentir muy bien. Todo una experiencia.

En Jodhpur, la ciudad azul, pasé el día entero persiguiendo el color azul. Esperaba más de lo que vi, pero en el camino, me encontré con muchos niños que me hicieron el día. En esta segunda parte de la vuelta por Rajastán, la convivencia con niños se volvió parte importante de la travesía. Mucha alegría, mucho juego, mucha vitalidad. Los niños que yo vi no están encerrados ni pegados a una pantalla como zombis. Andan por la calle, saltando, corriendo, gritando y en general son muy bondadosos. Un niño por ejemplo, estaba muy preocupado por ayudarme en mi primer recorrido de tren y a cada rato iba a mi lugar para darme información, de cómo tenía que tomar un taxi de 4 kilómetros tras llegar a nuestro destino y cosas así. Los niños dicen mucho sobre la salud de una sociedad, y en el caso de India, son el ejemplo perfecto de lo bondadosa que suele ser la gente por aquí.

“A la India hay que verla con ojos del corazón”, me dijo una señora suiza de unos 60 años de edad. Estaba un poco contrariada de que a su hija, quien estudia en Monterrey, México, no le interesan estas cosas y prefiere juntarse con “juniors” pedantes y frívolos. Para ese tipo de mentalidad tan arraigada en lo material, India sólo ofrece pobreza, pero para quien puede ver con los ojos del corazón, como me dijo la señora, el regalo es tremendo.

En Jaisalmer, la ciudad dorada, con sus casas y templos color arena, fue una grata parada, a pesar de que fue ahí donde me atacaron unos perros. También me rencontré con algunos amigos de ruta, con quienes aprendimos algo de kabaddi, el popular deporte indio del que no conocía absolutamente nada y aprendí viendo jugar a unos niños en la calle. También me adentré en el desierto, en mi primer recorrido a camello, unos animales increíbles. Por un día, el reiterativo sonido de los claxonazos tan característico en India se convirtió en silencio, un silencio profundo, que sirvió para disfrutar la naturaleza en plenitud, lo cual me alegró mucho. Hasta aproveché para meditar un poco y hacer otro poco de kung fu, que buena falta me hacía. Acampar en las suaves arenas del desierto, cubierto por el manto de la constelada noche, es una cosa espléndida.

La última parada en Rajastán fue Bikaner. Tuve que recorrer 18 kilómetros en tuk tuk para llegar al Karni Mata Temple, mejor conocido como el templo de las ratas. Me voló la mente, saber de manera directa que al otro lado del planeta hay una civilización donde la gente lleva comida y da leche a una colonia de roedores que habitan el lugar. Tienes que entrar descalzo y es una experiencia fuerte. Rompe completamente con todos nuestros parámetros occidentales de lo que es un templo. Y hablando de romper parámetros occidentales, en esta etapa del recorrido finalmente me adapté al modo indio de ir al sanitario sin papel de baño. Suena muy fuerte, pero ya que lo experimentas no es la gran cosa, una vez que se supera el bloqueo mental. Supongo que muchas cosas en la vida son así. Creemos que es una cosa es un obstáculo muy grande y cuando rompes la barrera te das cuenta que se trataba de una nimiedad. En India uno no deja de sorprenderse y aprender cosas trascendentales, hasta en los lugares menos glamorosos.

Una tremenda experiencia, estas casi 3 semanas en Rajastán, el “corazón de la India”. Un lugar de ensueño que guarda gente colorida y entrañable, un pasado milenario, y una manera de percibir y entender el mundo que me parece deslumbrante.

Ahora son días de fiesta. Mañana iré a dar una vuelta al Taj Mahal, el lugar más turístico de India. Luego me tocará intensear con el festival Holi y de ahí al norte del país, a la frontera con Pakistán, para conocer el lugar sagrado de los sijes, y de ahí a la coordillera del Himalaya. Ha pasado ya un mes de travesía y apenas voy sumergiéndome a las profundidades de mí mismo. A diferencia del mero goce sensorial que ofrece el turismo convencional, el viaje tiene esa otra dimensión introspectiva que le hace a uno cuestionarse cosas, limpiar otras tantas, maravillarse con lo cotidiano, aprender, deslumbrarse, crecer. A ver qué otras nuevas sorpresas habré de encontrarme, ahora que me adentre más en los dominios del gran Siddhartha. ::.

 
 
 

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