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K

Oct 20, 2015
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Atrapado entre archiveros, en el continuo martilleo del corazón perfumado con veneno de mujer, vuelve la pesadilla de un traje vacío que nos persigue para ocultar nuestra desnudez, las teclas de una oxidada máquina de escribir golpean la cabeza como con un taladro, los teléfonos sobre la pared suenan noche y día sin respuesta en este laberinto de papeles absurdos, formatos, sellos, cifras, documentos interminables, cerros de papeles sobre el escritorio…

La angustia de ser un pinche número, formado como una pieza de la voraz maquinaria burocrática que nos aniquila y nos aplasta mientras seguimos despiertos, resistiendo, con las manos alzadas dando vueltas sin descanso, manos que solo saben despedirse de rostros indiferentes… Mi sombra se proyecta en las nubes, el mismo lugar donde se levanta el castillo, a lo lejos, entre ríos de escaleras derrumbadas por el tiempo…

Es el lento camino hacia ninguna parte contemplando paisajes de colores muertos, ojos callados, negros y profundos, así fue la agonía del señor K, arrojado a la crueldad del mundo y su yugo paterno sin chaleco antibalas, atado a la eterna frustración de enseñar los dientes y no saber morder…

Somos tanta gente varada en el mismo extravío de sentirse insecto.

Es el miedo de caer y caer sin tocar el suelo, ventanas que se cierran y acorralan, prisioneros que gritan entre paredes que se encogen en la tiranía del odiado trabajo, la remunerada condena de sentirse solo, la triste lluvia que nunca cesa, lejos de los rostros vacíos que circulan por calles empedradas, lejos del cálido abrazo de la mujer amada, lejos como quien se mira al espejo y no ve nada, como quien mira por la rendija de una promesa incumplida, en la agonía de quien siempre espera. ::.

 
 
 

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